Arturo palideció y sintió que la bilis le subía a la garganta. La sensación de ser un cornudo era abrumadora. ¿Acaso no había tenido suficiente con Ivana?
Y ahora resulta que hasta su amante le veía la cara con otro hombre. Si ese infeliz hubiera sido un don nadie, tal vez no le habría dolido tanto. Pero lo peor de todo es que Antonio era un tipo joven y con un futuro por delante.
—Si quieres demandarla, adelante, no me voy a oponer —rectificó Arturo rápidamente.
No soportaba la idea de que Perla no sintiera nada por él y de que hubiera vuelto a sus brazos únicamente por venganza. Pero las pruebas estaban sobre la mesa, no le quedaba más remedio que tragar saliva y aceptar la realidad.
—Señor Ortiz, tengo que atender mis asuntos, así que hasta aquí la dejamos —se despidió Cecilia.
Cecilia dedujo que, si Arturo no era completamente estúpido, no le avisaría a Perla de lo que se venía.
Y tuvo razón: en cuanto se separaron, él se quedó con el celular en la mano sin atreverse a marcarle.
Bueno, sí hizo una llamada al final, pero fue a la policía.
Antonio había robado información de la empresa, lo cual era un crimen en toda regla. ¡Por supuesto que iba a denunciarlo para que lo entambaran!
Como las llamadas a emergencias de Cecilia y Arturo sucedieron casi a la par, la policía detuvo a Perla y a Antonio al mismo tiempo. Cuando los agarraron, de hecho, estaban juntos en la casa de la mujer. Antonio le estaba preparando la cena. El plan de Perla era darse a la fuga bajo la excusa de unas vacaciones justo después de cenar.
Pero para su mala suerte, los oficiales les cayeron de sorpresa antes de que pudiera hacer las maletas.
—¿Bajo qué cargos me arrestan? —reclamó Perla, pensando que la habían descubierto por arruinar a la empresa de Arturo.
Sin embargo, los policías le informaron que se le acusaba por el caso del intercambio de bebés de hacía dieciocho años.
—Es verdad, yo cambié al bebé de la familia Ortiz.
Perla no intentó ocultárselo a Antonio.
—Antonio, tú bien sabes cuánto odio a Arturo y a Ivana. El cambiar a su hija fue algo que hice por un arranque de coraje. Tiempo después me arrepentí, por eso fui a ver a Delfina en varias ocasiones e incluso me convertí en su maestra para cuidarla. Por supuesto, sé que nada de esto borra mi error. Pero la rabia me nubló el juicio.
Al ver a Perla con los ojos llenos de lágrimas, el corazón de Antonio se ablandó al instante.
Pensó que tal vez la maestra Lucero decía la verdad; al fin y al cabo, ella aborrecía a esa pareja, y cambiar a la niña debió ser obra de la impulsividad. Él siempre había sabido que Perla tenía una ahijada. Si eso era su forma de expiar sus culpas, la historia cobraba sentido.
Cuando los metieron a las patrullas por separado, Antonio aún estaba dispuesto a cargar con toda la culpa del robo de información para encubrirla.

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