—Mi mamá... no creo que sea tan mala —dijo Delfina, intentando defender a Ivana—.
—Seguro no lo hizo a propósito.
Delfina quería excusarla.
Pero sus palabras sonaban débiles y poco convincentes.
Ya que ella misma no había pasado tanto tiempo con Ivana.
Al ser la hija biológica, obviamente recibía un trato muy distinto al de Cecilia, la hija adoptiva.
—No sé si es muy mala o no, pero conmigo definitivamente nunca fue una buena madre —replicó Cecilia.
—Por cierto, vienes a abogar por Perla, ¿acaso también crees que ella no es tan mala?
—¿La señora Ortiz sabe que estás aquí suplicando por la mujer que más odia en el mundo?
Delfina se quedó sin palabras. ¡Por supuesto que no lo sabía!
Si su mamá se enteraba, seguro se pondría furiosa.
—Eso me imaginé —dijo Cecilia, mirándola con una media sonrisa—. Si lo supiera, se la llevaría el diablo del coraje.
—Ya eres una mujer adulta, no puedes tenerlo todo.
—Entre tu madrina y tu verdadera madre, tendrás que elegir a una.
Delfina no entendía por qué tenía que tomar esa decisión.
¡No quería hacerlo!
—Si no te vas ahorita mismo, le marco a la señora Ortiz para que venga a recogerte.
Cecilia ya no tenía ganas de seguir perdiendo el tiempo con ella.
Mientras Delfina estaba entre la espada y la pared con su madrina y su madre biológica, a Cecilia no le pasaba lo mismo.
Perla tenía que pagar por haber intercambiado a los bebés.
No le importaba el motivo; el simple hecho de afectar a inocentes la hacía culpable.
Cecilia pudo haber crecido feliz con su verdadera familia en lugar de regresar con Lorena ya de adulta. Que Perla hubiera robado y cambiado a los bebés sin el consentimiento de nadie ya era un delito.
¿Acaso Cecilia iba a tenerle piedad a alguien que había cometido un crimen y no mostraba ni una gota de arrepentimiento?

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