Afortunadamente, Josefina ya no caía en esos juegos.
—¿Y a ustedes qué les importa? —les soltó.
Las dos se miraron.
—Lo decimos por tu bien. Ve tú a saber cuáles son las intenciones de Cecilia al acercarse a ti —dijeron.
—Aunque... —Deborah arrastró la palabra a propósito.
Josefina, perdiendo la paciencia, le exigió:
—¿Aunque qué?
Deborah se tapó la boca para soltar una risilla.
—Como tu familia está en la ruina, supongo que Cecilia no tiene nada que sacarte.
Lo que insinuaba era que ahora ambas estaban en el mismo nivel y que por eso andaban juntas.
—Si yo no puedo sacarle nada, ustedes tampoco. Estamos en las mismas —Cecilia en realidad no quería hacerles caso. Pero, ¿quién las mandaba a ser tan entrometidas?
Deborah no esperaba que Cecilia tuviera un carácter tan fuerte ahora.
—Estoy hablando con Fina, ¿tú qué te metes? Cecilia, ¿no me digas que te sientes intocable solo por haber sacado el primer lugar en el examen de admisión de Villa Solana?
La niña rica midió a Cecilia de pies a cabeza con la mirada.
—Te voy a decir una verdad que te va a doler: por más buenas calificaciones que tengas, cuando te gradúes vas a terminar siendo una simple empleada para familias como la nuestra.
—Si te pones de mi lado, a lo mejor le pido a mi papá que te consiga un lugarcito en su empresa.
—Así te ahorras el andar mendigando trabajo cuando salgas de la universidad.
¡Cuánta arrogancia!
Cecilia casi no pudo contener la risa.
Josefina estuvo a punto de saltar a defenderla, pero Cecilia la detuvo.
Luego miró a Deborah y le preguntó:
—¿Y cuál es el hospital que pertenece a tu familia?
—¿De qué hablas? Mi familia tiene fábricas —replicó Deborah, sintiendo que Cecilia se estaba burlando de ella, aunque no sabía exactamente cómo.
—Ah, una disculpa. Me metí a estudiar Medicina en la universidad, y como me voy a dedicar a eso, me temo que mi carrera no tiene nada que ver con tus fábricas —respondió Cecilia con una sonrisa burlona.

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