La empresa de los padres de Deborah no pasaría por un escrutinio riguroso, y el historial de la familia de Mariana tampoco era el más limpio.
Las dos chicas se alejaron como si huyeran del mismísimo diablo.
Josefina las vio marcharse a toda prisa y no pudo evitar soltar una risita.
—Ceci, sí que te las gastas.
Sandra se acercó a ellas y les ofreció unos bocadillos.
—Están buenos estos postres.
Cecilia y Josefina los tomaron y los probaron.
—El Grand Hotel tiene mucho renombre; para su chef preparar algo así debe ser pan comido —comentó Cecilia.
No era la primera vez que Cecilia probaba esa comida.
De hecho, en las semanas previas a su examen de admisión, Raúl le mandaba muy seguido platillos preparados por el chef de ese lugar, y entre las guarniciones siempre venía un postre.
Todo cortesía de su tío.
Cecilia saboreó un "durazno".
No era la fruta como tal, sino un postre hecho para parecerlo, con una textura de mousse helado.
Así se quedaron comiendo, y nadie más se acercó a fastidiarlas.
Sin embargo, poco después, Cecilia notó a una muchacha un poco robusta que estaba comiendo los mismos postres.
Tenía el pelo corto y unos grandes ojos redondos. Era llenita, pero no de mala manera.
Se veía un par de años mayor que ellas, y la joyería que llevaba definitivamente no era barata.
Además, traía puesto un conjunto de la temporada de verano de SUNNY.
Josefina le dio un jaloncito a la manga de Cecilia.
—Ella es Amanda.
—¿La nueva prometida de Ramiro? —Los labios de Cecilia esbozaron una sonrisa.
No lo decía con sarcasmo. La chica parecía buena onda; en realidad, era una lástima que fuera a casarse con Ramiro.
A pesar de estar pasada de peso, su mirada reflejaba mucha vitalidad y encanto.
¿Qué importaba que fuera rellenita? Al final de cuentas, no le estaba haciendo daño a nadie.
Amanda pareció darse cuenta de que la observaban y volteó hacia Cecilia y sus amigas.
Al ver que Cecilia tenía un postre de durazno a medio comer, se le iluminó la mirada.
Se acercó a ellas con entusiasmo.


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