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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 825

***

—¿Pasa algo? —Al ver que Agustín no le quitaba la mirada de encima, Cecilia se revisó la ropa por instinto.

Todo estaba en orden: tenía la camisa abotonada hasta debajo de la clavícula y la tela le cubría sin problemas hasta los muslos.

—Nada —dijo Agustín apartando la mirada como si nada hubiera pasado.

La chica lucía esbelta y hermosa, con los ojos llenos de inocencia, ajena a la tensión del momento.

—Entonces ya me voy a dormir.

Ya había dormido en el avión, así que realmente no tenía mucho sueño. Pero considerando la hora y la forma en que estaba vestida, tampoco iba a quedarse en la puerta platicando con él.

—Está bien, descansa. —Agustín le cerró la puerta y regresó a su habitación.

Ya se sentía cansado de estar de un lado para otro toda la noche, pero cuando por fin se acostó después de darse un baño, no logró conciliar el sueño.

En su mente solo aparecía la imagen de la chica con esa sonrisa hermosa, y de inmediato, el recuerdo de cómo se le veía su camisa...

Agustín se frustró. Él solía tener un control impecable, pero cerca de Cecilia parecía que le faltaba fuerza de voluntad. Aunque, al final de cuentas, no importaba mucho.

Con una sonrisa asomándose al pensar en algo, Agustín cerró los ojos. Aunque no pudiera dormir, de todas formas debía descansar; a la mañana siguiente tenía que ir a la empresa.

Cecilia también pensó que iba a dar vueltas en la cama, pero la verdad era que durmió excelente toda la noche.

Al día siguiente se despertó temprano. Bajó a la sala y, en vez de encontrarse a Agustín, vio al abuelo. El señor se alegró muchísimo al ver a Cecilia.

—Ceci, ven a desayunar. ¿Pudiste dormir bien anoche?

El abuelo todavía tenía problemas de movilidad, pero ya no sentía tanto dolor.

Al enterarse de que Cecilia había pasado la noche en la casa, se puso de tan buen humor que mandó preparar todo un banquete para desayunar.

Cuando Cecilia vio la mesa rebosante de comida, no le quedó más remedio que aceptar que así se vivía en una casa con recursos.

—Sírvete lo que más te guste.

—El único detalle es mi problema con las piernas; me da pendiente causarles molestias.

Aunque su verdadera preocupación era que la gente pensara que iba solo para ver a Lorena Ortiz. Se conocían desde la juventud, y ahora que ambos eran viudos, los chismes no se iban a hacer esperar.

No era que le importara el qué dirán, pero sentía que esos comentarios podían ofender la memoria de su difunta esposa. El nivel de lealtad y amor del abuelo Ezequiel hacia ella seguía intacto.

—Hay muchísimos otros lugares para pasar el verano. Si lo que quiere es ver paisajes bonitos, debería ir a Luminosa.

Cecilia tampoco creía que fuera buena idea que el señor fuera a Villa Ortiz. Era cierto que sus paisajes eran hermosos, pero el clima era muy húmedo, lo cual solo empeoraría el problema de las piernas de Ezequiel.

En cambio, en Luminosa había buen sol, el clima no era caluroso y resultaba el lugar perfecto para descansar y vacacionar.

—Me parece perfecto, entonces el próximo año me doy una vuelta por Luminosa —asintió el abuelo, considerando que era un excelente plan.

Agustín ya sabía manejar perfectamente sus negocios, por lo que a él no le quedaban muchas cosas por hacer estando en Viento Claro.

Mientras Agustín desayunaba, Cecilia aprovechó para revisarle el estado de salud al abuelo. El anciano se había cuidado muy bien en ese tiempo y se notaba que seguía todas las indicaciones médicas.

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