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—¿Pasa algo? —Al ver que Agustín no le quitaba la mirada de encima, Cecilia se revisó la ropa por instinto.
Todo estaba en orden: tenía la camisa abotonada hasta debajo de la clavícula y la tela le cubría sin problemas hasta los muslos.
—Nada —dijo Agustín apartando la mirada como si nada hubiera pasado.
La chica lucía esbelta y hermosa, con los ojos llenos de inocencia, ajena a la tensión del momento.
—Entonces ya me voy a dormir.
Ya había dormido en el avión, así que realmente no tenía mucho sueño. Pero considerando la hora y la forma en que estaba vestida, tampoco iba a quedarse en la puerta platicando con él.
—Está bien, descansa. —Agustín le cerró la puerta y regresó a su habitación.
Ya se sentía cansado de estar de un lado para otro toda la noche, pero cuando por fin se acostó después de darse un baño, no logró conciliar el sueño.
En su mente solo aparecía la imagen de la chica con esa sonrisa hermosa, y de inmediato, el recuerdo de cómo se le veía su camisa...
Agustín se frustró. Él solía tener un control impecable, pero cerca de Cecilia parecía que le faltaba fuerza de voluntad. Aunque, al final de cuentas, no importaba mucho.
Con una sonrisa asomándose al pensar en algo, Agustín cerró los ojos. Aunque no pudiera dormir, de todas formas debía descansar; a la mañana siguiente tenía que ir a la empresa.
Cecilia también pensó que iba a dar vueltas en la cama, pero la verdad era que durmió excelente toda la noche.
Al día siguiente se despertó temprano. Bajó a la sala y, en vez de encontrarse a Agustín, vio al abuelo. El señor se alegró muchísimo al ver a Cecilia.
—Ceci, ven a desayunar. ¿Pudiste dormir bien anoche?
El abuelo todavía tenía problemas de movilidad, pero ya no sentía tanto dolor.
Al enterarse de que Cecilia había pasado la noche en la casa, se puso de tan buen humor que mandó preparar todo un banquete para desayunar.
Cuando Cecilia vio la mesa rebosante de comida, no le quedó más remedio que aceptar que así se vivía en una casa con recursos.
—Sírvete lo que más te guste.

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