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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 830

Le hervía la sangre saber que alguien más se le había adelantado.

Esa muchachita y Agustín se llevaban varios años de diferencia. ¿De verdad él podría fijarse en alguien tan joven?

Si el compromiso era una imposición de los abuelos, todavía había esperanza de echarlo para atrás.

Lo que de verdad le asustaba era que el propio Agustín estuviera detrás de ella.

Agustín acompañó a Cecilia hasta la casa de la familia Ortega.

Allá, todos los esperaban con ansias.

Cuando Esteban se enteró de que Cecilia había pasado la noche en casa de los Sandoval, le cambió la cara por completo, muy disgustado.

—¿Y por qué no te viniste para acá directo? Si hubiera sabido, habría mandado a uno de tus primos al aeropuerto por ti.

Esteban le clavó la mirada a Agustín, convencidísimo de que aquel muchacho traía malas mañas y que a propósito se la había llevado a su terreno.

Cecilia soltó una risa dulce para apaciguarlo: —Pues es que llegué tardísimo y no quería quitarles el sueño.

—¿Y a poco crees que tus primos se van a morir por no dormir una noche?

Agustín le había dado básicamente la misma versión cuando llegaron.

Sin embargo, con Cecilia defendiéndolo, el coraje de Esteban se desinfló rápido.

Finalmente, invitaron a Agustín a quedarse a comer.

Durante la plática en la mesa, Esteban sacó a relucir un proyecto de desarrollo inmobiliario al poniente de la ciudad, y Agustín respondió a sus cuestionamientos como todo un profesional.

Mientras tanto, a Cecilia solo le importaba la comida.

Cada vez que iba de visita, su abuelo daba la orden a la cocina de preparar un verdadero banquete.

Si notaban que algo le gustaba mucho, en su siguiente visita no podía faltar ese platillo en la mesa.

Era un mundo de diferencia comparado con cómo la trataban en la familia Ortiz.

A Arturo y a Ivana jamás les importó cuáles eran los gustos de su supuesta hija; los empleados solo cocinaban lo que ellos y su verdadero hijo querían comer.

Para rematar, Ivana aprovechaba cualquier oportunidad para hacerla sentir menos, diciéndole que las niñas finas de sociedad no andaban tragando de todo y que debía cuidar la figura, entre otras tonterías.

Aunque Cecilia sabía perfecto que sus regaños eran absurdos, le daba mucha flojera discutir.

El caso más claro era el del propio Agustín, quien fue a rogar hasta la puerta por un antiquísimo cojín aromático terapéutico con propiedades relajantes.

Mujeres tan ignorantes como Delfina e Ivana creían que era una almohada vieja que debía ir a la basura.

Mientras que un empresario de la talla de Agustín estaba dispuesto a desembolsar nada menos que veinte millones de pesos por él.

La familia Ortega, por el contrario, sí tenía buen ojo y sabían distinguir la calidad de inmediato.

Al darse cuenta del enorme esfuerzo y cuidado que Cecilia había puesto en cada regalo, los tíos quedaron súper agradecidos y cada día se convencían más de que su sobrina valía oro.

Al terminar, el tío Alonso buscó a Cecilia a solas en la sala.

—Mi Ceci, ya vi que eres una eminencia con tus tratamientos y qué bárbaro, trajiste puras maravillas. Oye, aprovechando... mírate a tu pobre tío, cada vez me salen más canas. ¿No tendrás por ahí un remedio mágico para echarme la mano con esto?

—Tu tía Lourdes se cuida tanto que parece de cuarenta recién cumplidos, ¡y mírame a mí, cada vez más traqueteado!

Por supuesto que el estrés y tantas preocupaciones del negocio le habían cobrado factura en el físico.

Su mujer, con solo arreglarse un poco, fácilmente podía pasar por una mujer en sus treintas.

Y a él le daba terror salir a la calle con ella y que alguien pensara que era su papá.

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