Cecilia observó a su tío Alonso. Tenía algunas canas más, pero se veía de buen ánimo.
Seguro tenía muchas preocupaciones, pero no parecía sufrir ninguna enfermedad grave.
A fin de cuentas, al ser una familia tan adinerada, contaban con un médico de cabecera para cuidar de su salud. A la menor molestia, el doctor se hacía cargo.
—Tío Alonso, deme la mano, le voy a tomar el pulso.
A simple vista, Cecilia ya se daba una idea de lo que traía su tío, pero aun así quiso revisarlo bien.
Alonso Ortega extendió el brazo.
—Adelante. —Él sentía que estaba en perfectas condiciones, pero, considerando que su sobrina era una excelente doctora, no perdía nada con dejar que lo revisara. Más valía prevenir.
Tras tomarle el pulso, Cecilia se quedó callada un momento.
El corazón de Alonso dio un vuelco. «¿Qué pasa?».
—Ceci, si hay algún problema, dímelo sin rodeos. Tu tío todavía está joven, puedo soportarlo.
En realidad, ya no era ningún jovencito, pero era bastante terco.
—No es nada grave. Esas canas en las sienes son simplemente por agotamiento crónico y un bajón en su vitalidad.
El tío Alonso se tensó. A ningún hombre le gusta admitir que le falla el rendimiento.
Sin importarle la cara que ponía su tío, Cecilia añadió:
—Esa pérdida de vitalidad en los hombres puede deberse a muchas razones, no necesariamente tiene que ver con la intimidad.
¡Qué barbaridad! Un tema que a él le daba muchísima vergüenza tocar, su sobrina lo mencionaba con total tranquilidad.
Antes de que Alonso pudiera pensar en qué contestar, Cecilia continuó:
—Sin embargo, estar tan agotado sí puede afectar bastante su vida de pareja.
Alonso se quedó sin palabras. «Mi sobrina de verdad no tiene filtro», pensó.
—¿A poco no ha sentido en este último par de años que ya no rinde como antes? —preguntó Cecilia de forma directa.
—Entendido. Pero, esto queda entre tú y yo, ¿verdad?
Cecilia levantó una mano en señal de promesa.
—Descuide. Soy una doctora con ética profesional, jamás le diría esto a nadie más.
—¿Y si Lourdes o alguien más pregunta? —Alonso todavía se sentía inseguro.
—Les diré que, como tiene mucha carga de trabajo y se desvela seguido, su cuerpo lo está resintiendo. Que le di algo para mejorar su calidad de sueño.
Sonaba tan convincente que Alonso hasta sospechó que ya había usado esa misma excusa antes.
Al ver la cara de alivio de su tío Alonso, a Cecilia le dio gracia, pero mantuvo una expresión de total seriedad.
—De verdad, tío, no se mortifique. A la gran mayoría de los hombres de su edad les pasa lo mismo.
«¿En serio?». A Alonso le volvió el alma al cuerpo. Si era un mal general, entonces no se sentía tan mal consigo mismo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana