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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 832

Cecilia asintió, dándole a su tío Alonso la confirmación que esperaba.

—Así es. Por eso los hombres tienen que cuidarse mucho. Claro que a los que hacen ejercicio seguido, llevan una vida sana o tienen muy buena genética, les va un poco mejor.

—Pero el cuerpo humano es como una máquina hecha de muchísimas piezas. Si la usas por mucho tiempo sin darle mantenimiento, las piezas se desgastan y, naturalmente, la máquina dura menos.

—Tienes toda la razón —coincidió Alonso.

Aunque en el fondo se preguntaba por qué a él no le había tocado tener esa "buena genética". Obviamente, no le iba a comentar eso a su sobrina.

Cecilia le entregó la receta del tratamiento y también le puso unas agujas de acupuntura en el consultorio.

—Le apliqué esta terapia para relajarlo. Cheque cómo duerme esta noche.

—Con pura medicina no se va a aliviar, también tiene que descansar.

—Grupo Ortega ya es una empresa enorme, no tiene por qué matarse trabajando. En las noches, tiene que dormir sus horas.

Antes, Alonso jamás habría escuchado ese tipo de consejos. Era un adicto al trabajo. Pero la situación había cambiado.

Por eso, cuando Lourdes vio que Alonso ya estaba acostado en la cama a las diez de la noche, se sacó muchísimo de onda.

Ya no eran unos jovencitos, así que no estaban pegados el uno al otro todo el tiempo. Muchas veces, cuando Alonso se quedaba trabajando hasta tarde, ella le decía que se durmiera temprano. Si él la ignoraba, Lourdes no insistía; simplemente leía un rato y se dormía.

—¿Qué mosca te picó hoy que te acostaste tan temprano? —preguntó Lourdes, bastante extrañada—. ¿No vas a checar pendientes de la oficina?

Se le hacía rarísimo porque Alonso le había platicado que tenían muchísima carga en la empresa. Aunque su segundo hijo, Damián Ortega, ya estaba tomando las riendas del negocio poco a poco, aún no tenía el control total. Alonso todavía tenía que supervisar muchas cosas, pues pasar la batuta no era algo que se hiciera de la noche a la mañana.

—Llevo años matándome en el trabajo, ya va siendo hora de que descanse —respondió Alonso.

—Además, Damián es muy capaz. Voy a tratar de dejarle todo listo lo más pronto posible. Nosotros ya no estamos para estos trotes, deberíamos salir a pasear.

Luego la miró a los ojos y añadió:

—Lourdes, todos estos años casi no he tenido tiempo para ti. ¿Qué te parece si nos tomamos unas vacaciones y nos vamos por ahí?

Al día siguiente, con unas ojeras enormes, Lourdes fue a buscar a Cecilia, que apenas iba terminando de acompañar a su abuelo en su caminata matutina.

—Ceci, háblame con la verdad —le exigió de inmediato—. ¿Qué enfermedad tiene Alonso?

Cecilia se sacó de onda. ¿Pues no era solo agotamiento físico? ¿Qué otra cosa iba a ser?

—Mi tío Alonso nada más anda mal por desvelarse tanto. No es nada de cuidado. Con que le baje al ritmo y haga ejercicio, con eso tiene.

—Le receté unos suplementos y le di una terapia para relajarlo. No tiene de qué preocuparse, tía Lourdes.

Obviamente, Lourdes no le creyó ni una palabra.

—No me escondas las cosas. Sea lo que sea que tenga, puedo soportarlo.

—Lo único que te pido es que no me mientas. Si no... —Lourdes sentía que el mundo se le venía encima—. En serio, no podría con la angustia.

—¿Cuánto tiempo le queda de vida? Dime la verdad.

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