Cecilia soltó una carcajada; de plano no se pudo aguantar la risa.
—Ay, tía Lourdes, ¿de dónde sacó la idea de que mi tío Alonso se va a morir pronto?
No tenía ni idea de qué le había dicho el tío Alonso a su esposa para que la pobre mujer se armara semejante novela en la cabeza.
—Pues si no se está muriendo, ¿por qué de repente le dio por cuidar su salud? —Lourdes notó la expresión de Cecilia y se dio cuenta de que a lo mejor se había malviajado sola.
Pero si a Alonso no le pasaba nada grave, ¿por qué andaba con esa actitud de "mis días están contados"? ¿A quién quería engañar?
—¿Y qué fue lo que hizo para que pensara eso? —preguntó Cecilia, muerta de curiosidad.
—Se acostó a las diez de la noche. Y para rematar, me dijo que iba a soltar todo en la oficina para irnos a vivir a Luminosa un rato.
Lourdes suspiró.
—Ese hombre siempre ha sido un adicto al trabajo. ¡Hasta cuando estaba internado con suero se ponía a hacer videollamadas con la empresa! ¿Cómo crees que va a soltar el trabajo así nomás?
—No le encuentro otra explicación, a menos que tenga una enfermedad terminal.
La pobre mujer estaba genuinamente mortificada; casi no pegó el ojo en toda la noche. Si tenía una enfermedad incurable, debían buscar tratamiento inmediato, ¡no irse de viaje! Claro que deseaba que su esposo viviera mucho tiempo más. Ninguno de sus dos hijos se había casado todavía. ¿Acaso Alonso ni siquiera iba a tener la oportunidad de verlos formar una familia?
La cara de Cecilia era un poema.
—Tía, ¿no cree que cabe la ligerísima posibilidad de que nada más esté cansado y quiera tomarse un respiro para cuidarse? —explicó Cecilia—. Y, bueno, pasar tiempo con usted. Eso no tiene nada que ver con ninguna enfermedad terminal.
—¡Imposible! —Lourdes seguía renuente, el problema era que todo eso no cuadraba con la personalidad de su marido. Si hubiera sido Cristóbal Ortega, se lo habría creído un poco más.
—Pues veo que de plano no le cree a mi tío Alonso. Pero si desconfía de él, mínimo confíe en mí. Mis diagnósticos son precisos. Si le digo que no se va a morir, es que no se va a morir.
Cecilia trató de tranquilizarla:
—Los problemas que trae mi tío son puras molestias menores. Con que descanse una temporadita va a quedar como nuevo.
—Aparte, ya no está tan chavo. Lleva años trabajando sin parar, es lo más normal del mundo que ya quiera jubilarse.


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