—¿Ceci? ¿Así se llama tu prima? —A Máximo le surgió un poco de curiosidad hacia Cecilia.
Como en la familia Ortega aún no habían hecho ningún anuncio oficial, la identidad de la chica todavía le parecía dudosa.
—¿A ti qué te importa? El caso es que no es nada tuyo.
Al principio, Enzo solo sentía frustración por ver cómo Máximo se equivocaba tanto, pero después de todas las cosas fastidiosas que le había hecho, de verdad ya no lo soportaba.
Simplemente se odiaban, pero no quería que el pleito terminara afectando a su prima.
—Vámonos, Ceci. ¡Nada más de ver a cierta gente se me revuelve el estómago!
Cecilia, por supuesto, le hizo caso.
A decir verdad, el propio Enzo tenía un carácter algo irresponsable, pero comparado con este tipo, ya no parecía un niño rico caprichoso en absoluto.
—¡Espera! —exclamó Máximo al ver que de verdad tenían intenciones de irse.
—¿Qué quieres ahora?
—Enzo, huir en cuanto me ves... ¿acaso te dio miedo?
—¿De qué hablas? —preguntó Enzo, frunciendo el ceño.
¿Acaso él parecía alguien que se dejaría intimidar?
—Últimamente andas muy ocupado, como que ya no tienes tiempo de salir a divertirte. ¿Será que mi propuesta anterior te espantó?
Enzo se quedó pensando un segundo. Últimamente había estado trabajando a tope para fundar su nueva empresa, claro que no tenía tiempo para andar peleando estupideces con Máximo.
—¿Cuál propuesta?
—Las carreras, ¿se te olvidó?
—Adriana Medina está por regresar al país. Si pierdes, te prohíbo terminantemente volver a verla por el resto de tu vida.
A Enzo se le hizo un silencio incómodo ante la idiotez de su comentario.
—Qué estupidez, para empezar, ni siquiera tengo la más mínima intención de verla.
—El que se muere por verla eres tú, ¿verdad?
—Te lo he dicho cien veces ya: a mí no me gusta Adriana. ¿Acaso estás sordo o qué te pasa?
Obviamente, Máximo no le creía ni una palabra.
—¿No te gustaba pero igual salías con ella? ¿Me viste la cara de idiota?
En la mente de Máximo, su mejor amigo lo había traicionado.
Le juraba que Adriana no le importaba y, en el momento en que se dio la vuelta, se puso a andar con ella.
Dejándose pisotear y manipular por Adriana, todavía se creía que era una palomita blanca e inocente, ¡mientras él se sentía el superhéroe que venía a rescatarla de su tormento!
En la realidad, para esa mujer, Máximo solo había sido un cajero automático con patas.
La única razón por la que Adriana lo prefería a él y no a Máximo no era solo porque estuviera más guapo, sino porque él pertenecía a la familia Ortega.
Por mucha lana que tuviera la familia Cordero, jamás se iba a poder comparar con los Ortega.
Y para esas cosas, Adriana era sumamente calculadora.
Solo Máximo podía seguir creyendo que esa tipa era un ángel desinteresado.
—¡Hijo de...!
Máximo estaba dispuesto a tirarle a Enzo un plato con las sobras de salsa caliente encima de la cabeza, pero Cecilia fue más rápida. De una patada, empujó la mesa hacia adelante, estampándola contra el enfurecido sujeto y mandándolo directo al suelo.
Enzo se quedó helado de la impresión.
Nunca imaginó que su prima pudiera moverse con tanta agilidad.
Máximo también estaba pasmado.
Miró con furia primero a Enzo y después a su cómplice de prima.

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