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—¡Mejor ocúpate de tus propios asuntos!
—¡Y fíjate bien en no dar lástima cuando pierdas!
La chica de cabello largo le clavó la mirada.
Confiaba ciegamente en que su mejor amiga era capaz de dejar comiendo polvo a todos esos fanfarrones.
—¡Órale, qué carácter se carga la muchachita!
El del corte de hongo chasqueó la lengua un par de veces y los tipos que estaban con él no tardaron en seguirle el juego entre risas.
—Las carreras son cosas de hombres; ustedes son muy delicaditas para esto, mejor quédense sentadas atrás.
—No intenten meter sus narices donde no las llaman. ¿No es más fácil quedarse calladas y ver cómo los hombres hacemos el trabajo pesado?
La chica de cabello largo estaba a punto de responder, pero Ximena se le adelantó y le lanzó una mirada fría al del corte de tazón: —¿Cuáles cosas de hombres?
—¿Acaso las motos vienen con una etiqueta de fábrica que diga que son exclusivas de ustedes? ¿Acaso las mujeres no podemos manejarlas?
El del corte de hongo soltó una risita sarcástica.
—Vaya, la señorita se siente muy salsita. Tienes razón, las motos no tienen etiqueta de hombres, ¿pero cuántas mujeres ves realmente compitiendo?
—Entiendo que les gusten las motos, con que se paseen de vez en cuando basta y sobra, pero venir hasta acá a hacer el ridículo es otra cosa.
—Las carreras no solo son un juego de adrenalina, sino que también son peligrosas. Yo nomás se los digo por su bien, pero si no quieren escuchar, muy su problema.
El del corte de hongo sabía muy bien cómo fingir empatía, pero ni así lograba esconder lo mucho que menospreciaba a las mujeres.
Ximena no tenía ganas de seguir peleando y le hizo una seña a su amiga para que no malgastara saliva.
—¡Ya veremos en la pista si una mujer sabe manejar o no!
Prefirió no discutir más con aquel tipo; darle una bofetada con guante blanco usando hechos siempre sería más satisfactorio que ganar una pelea de a gritos.
Tal vez no sabía si podría rebasar a los demás competidores, ¡pero dejar atrás a ese sujeto del corte de hongo lo iba a lograr sin ningún problema!
Cecilia había escuchado todo el altercado. Cuando la mirada de Ximena se cruzó con la suya, Cecilia le sonrió.
—¡Mucho éxito!
Ximena asintió a modo de agradecimiento hacia Cecilia.
Esa simple muestra de solidaridad fue suficiente para llenarla de gratitud.
Por un lado, le encantaban las carreras de motos, pero, por otro, de verdad le urgía llevarse el dinero del premio.
Por eso, pasara lo que pasara el día de hoy, Ximena dejaría el alma en la pista.
—¿Me estás diciendo que de verdad hubo gente que apostó por él? ¡Ya tienen el dinero perdido!
Todos hablaban al mismo tiempo; unos más que otros, no hacían más que tirarle pestes a Enzo.
Hasta Máximo volteó por encima del hombro y notó que algo andaba mal con Enzo.
Era verdad que Enzo llevaba dos años sin pisar el acelerador, pero no era para ir así de lento.
Su moto también era de primera calidad; bajo ninguna lógica debería ocupar el último lugar.
¿Sería que Enzo lo estaba dejando ganar a propósito?
¡Llegar a esa conclusión enfureció sobremanera a Máximo!
A Enzo no le pasaban por la mente los berrinches de Máximo.
Si no, simplemente diría que se estaba imaginando cosas que no eran.
Era consciente de lo lento que iba, pero cada que intentaba subir la velocidad, las horribles imágenes del choque venían a su mente.
De manera involuntaria, comenzaba a ir cada vez más despacio.
Cecilia también se percató del estado de su primo; tal parecía que estaba padeciendo algún tipo de estrés postraumático.

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