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Definitivamente, las cosas no podían continuar de esa manera.
—¡Acelera!
El tono de su voz sonó firme y potente.
¡Enzo se quedó paralizado y no hizo nada!
Cecilia no dudó en repetirlo: —¡Acelera!
Con eso bastó para que Enzo por fin reaccionara e hiciera caso a sus palabras: giró el acelerador.
A partir de ese momento, Cecilia empezó a cantarle el camino; con que le diera una indicación, Enzo maniobraba la moto a la perfección.
¡Rebasaron al penúltimo corredor!
¡Luego alcanzaron al que iba frente a él!
¡Aceleraron aún más!
—¡A la madre! Parece que el señor Enzo ya agarró vuelo.
—¿Qué le picó? ¿De repente se iluminó y despertó su verdadero talento?
—¡Literalmente despegó del suelo! ¿Acaso iba tan lento al principio nomás porque estaba oxidado por llevar dos años sin correr?
—Ay, por favor. Se nota que apenas estaba calentando motores; ahora sí viene lo bueno.
En cuanto a los mismos que antes le estaban tirando habladas a Enzo... bueno, ahora se quejaban mil veces más fuerte.
Al fin de cuentas, esa gente no era la que había apostado a favor de Enzo.
De hecho, solo un grupo muy pequeño le había metido su dinero.
Esos pocos ni siquiera lo hicieron en serio, lo vieron más como una donación, pues en el fondo no tenían esperanzas en él.
Solo lo hicieron por respeto al prestigio del señor Enzo.
Porque a nadie se le debía olvidar que su apellido era Ortega.
Y un joven de la familia Ortega siempre merecía los mayores respetos sin importar la situación.
Uno nunca sabía cuándo podía llegar a necesitar de sus favores.
Que perdieran el dinero no les importaba tanto, pero si por obra divina llegaban a ganar... ese dinerito extra les caería como un regalo del cielo.
La motocicleta de Enzo trepó al cuarto lugar; el corredor justo adelante de él no era otro sino Máximo.
Más adelante estaban la chica y el corredor del corte de hongo.
Vaya que el del corte de tazón sabía mover bien sus fichas; nadie tenía derecho a menospreciarlo solo porque traía un peinado infantil.

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