***
Le aterraba que una mala decisión suya causara daños irreparables en el hogar de otra persona.
Haberle aceptado el reto a Máximo en esta ocasión había sido por pura resignación.
Ese sujeto era terco como una mula.
Si no le dabas por su lado, después seguiría buscando oportunidades para insistir, así que era mejor aceptar de una vez.
El detalle era que él ya no quería meterse en carreras abiertas.
Había demasiados competidores, lo que volvía la pista un lugar sumamente peligroso desde el momento de arrancar.
Como todos iban tras el dinero, la competencia se volvía más agresiva que de costumbre y era inevitable que algunos jugaran sucio.
Justo así había sido la carrera de hacía dos años.
Si aquel corredor estrella no se hubiera arriesgado tanto por ganar, quizás no habría sufrido aquel accidente.
—¿Te dio miedo? —provocó Máximo al ver el evidente rechazo en la cara de Enzo.
—¿A poco sí te vas a acobardar?
—¿Ya no quieres tu libro autografiado?
Cecilia notó que Enzo dudaba de verdad; incluso había apretado los puños.
—¿Qué tal si mejor lo dejamos por la paz? —Cecilia consideró que no valía la pena el esfuerzo.
Si Enzo se rehusaba tanto a competir, lo más sano era tirar la toalla.
—¡No! Tengo que recuperar ese libro; de por sí ya era mío.
Solo que, como ambos se habían peleado, ya no había podido recuperarlo.
—Pues que te lo devuelva y ya, ¿para qué apostar? —dijo Cecilia, incrédula.
Ella ni siquiera entendía qué clase de relación tenían Enzo y Máximo.
¿Acaso después de que dos grandes amigos se peleaban a muerte todavía existía la posibilidad de reconciliarse y por eso ahora estaban midiendo sus egos?
¿O ya se habían mandado a volar para siempre y no había esperanza alguna de arreglar las cosas?
—Entonces compitamos.
Cecilia supuso que a Enzo tampoco le urgía tener ese libro, simplemente ya no quería que Máximo lo estuviera molestando una y otra vez.
Ya que habían aceptado competir, tenían que prepararse.
En esa carrera, cada motociclista llevaría a un copiloto en el asiento trasero.
La chica levantó el puño para darle ánimos.
Ximena, la corredora, guardó silencio por un instante. —Esos dos chicos guapos que mencionaste entraron de última hora; todavía no sabemos de qué son capaces.
Ella de verdad anhelaba ganar ese premio, pero ¿y si resultaba que esos dos intrusos eran unos expertos?
Al principio, Ximena había sentido que no tenía rival y que la carrera de hoy la tenía en la bolsa.
Esos tipos miraban en menos a las mujeres motociclistas, así que ella estaba dispuesta a darles una lección de humildad, tal como lo haría su ídolo Kuno.
Pero ahora que se habían sumado dos desconocidos, las cosas se ponían en duda, por lo que Ximena ya no se atrevía a fanfarronear.
—¿De qué te preocupas? Todos esos son basura, Ximena; tú siempre serás la mejor.
El tono de voz de la chica había sido bastante alto.
No solo la escucharon Cecilia y los suyos, sino también el resto de los competidores.
Varios que al principio ni pensaban prestarles atención, no pudieron evitar soltar una carcajada de burla.
—Oigan, hermosas, ¿por qué mejor no nos ruegan al ratito? Así veremos de qué forma evitamos que queden en el último lugar.
El sujeto del corte de hongo fue quien rompió el hielo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana