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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 845

***

—¿Gané?

Ximena no daba crédito a sus propios ojos.

Se quedó estupefacta en medio de los abrazos eufóricos de su amiga.

—¡Sí, Ximena, ganamos! ¡Esos quinientos mil pesos son tuyos!

La muchacha de cabello largo era una joven rica y jamás le faltaba el dinero.

Ni por asomo le pasaba por la mente pedir su parte del premio; simplemente se alegraba de corazón por su amiga.

Con ese dinero, su mejor amiga ya no tendría que depender de nadie más en el futuro.

A diferencia del festejo desenfrenado de Ximena, Enzo y Cecilia se hallaban de lo más tranquilos.

Enzo estaba consciente de que haber ganado se debía totalmente a Cecilia.

Ella no solo le había ayudado a vencer sus demonios mentales, sino que había sido una excelente guía técnica.

Sin la ayuda de Cecilia, aunque Enzo hubiera superado su miedo, no era para nada seguro que habría podido ganarle a Máximo.

Había que recordar que Máximo nunca dejó las carreras, mientras que él llevaba mucho tiempo retirado.

—Qué bárbaro, Enzo. Dos años sin correr y de todos modos me ganas. ¿Entonces por qué te hacías el idiota antes?

—¿Me estabas dando ventaja a propósito o qué?

Máximo no era una persona que no supiera perder, pero en esta ocasión sentía que Enzo se estaba burlando de él de la peor manera.

Desde su punto de vista, que Enzo se negara tantas veces al principio fue solo un teatro para reírse de él.

—No fue así —dijo Enzo con absoluta sinceridad.

—Si hoy te gané, fue por pura suerte.

A Enzo no le importaba decir la verdad.

Sin embargo, Máximo se negaba a creerle.

Solo le confirmaba la idea de que Enzo lo miraba por encima del hombro.

Igual que le decían sus propios amigos, Enzo no le tenía ni una gota de respeto, o de lo contrario no se habría atrevido a salir con la chica que le gustaba.

—¿Acaso no sabes perder? —Cecilia intervino harta antes de que su primo dijera algo.

Ya les habían arruinado el plan de comer tranquilamente; al final cedieron en ir a la montaña para relajarse un rato y todo acabó en lo mismo.

Cecilia omitió mencionar a Adriana, pues le parecía sumamente infantil el usar a una mujer como objeto de apuestas.

Sin importar si Enzo sentía algo o no por esa tal Adriana, Máximo no tenía ningún derecho a apostarla.

—¡Exacto, dame el libro! —Al escuchar a Cecilia, Enzo fijó su vista en Máximo de inmediato.

Con todo el ajetreo, casi había olvidado la verdadera razón de la apuesta.

—Pierde cuidado, te daré tu dichoso libro y también a Adriana... —Máximo definitivamente no era alguien que no supiera aceptar su fracaso.

En el fondo, quizás esta apuesta era la forma ideal de ponerle fin de una vez por todas a aquel tormentoso triángulo amoroso, ¿no?

—¡Párale ahí! —Enzo levantó la mano en un claro gesto de interrupción—. ¿En qué idioma tengo que hablar para que me creas que a mí no me interesa Adriana en lo más mínimo?

¡Por supuesto que Máximo se negaba a creerle!

—¿Ah, no? ¿Y si no te interesaba, por qué andabas con ella? ¿Lo hiciste a propósito?

—¿Acaso robarle la novia a tu mejor amigo te hace sentir un ganador?

Enzo no tuvo más remedio que rodar los ojos por tamaña tontería.

—Solo a ti se te ocurre pensar que Adriana no rompe ni un plato y es una inocente palomita.

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