El del corte de tazón juraría que esa mujer manejaba mucho mejor que Ximena. Al fin y al cabo, a Ximena le había costado sudor ganarle. ¡Pero esta chava parecía que lo estaba logrando con los ojos vendados!
Al ver la meta acercarse, la impotencia se apoderó de él, pero no había absolutamente nada que pudiera hacer contra Cecilia. Por fin abrió los ojos y aceptó que, esta vez, se había topado con pared.
Ese millón de pesos lo había nublado por completo, al igual que la carita preciosa de la chamaca esa. ¡La culpa era suya por subestimar a las mujeres!
Viéndolo fríamente, si ella no fuera buena en esto, ¿por qué carajos el joven Enzo habría apostado un millón de pesos? No era ninguna bicoca; Enzo sería rico, pero tonto no era.
Ese tipo no se había inmutado en ningún momento, señal de que conocía perfectamente el nivel de la chica. ¡Al único que estaban agarrando de su pendejo era a él!
Con el ego pisoteado, al pobre diablo no le quedó de otra más que tirar la toalla en el último tramo. Era consciente de que, por más velocidad que metiera, no había forma de alcanzar a la mujer de enfrente. Él mismo se había cavado su tumba.
Ya era muy tarde para echarse para atrás, ¡Enzo jamás se lo permitiría!
Verlo tan derrotado y cabizbajo contrastaba cabrón con lo inflado que andaba hace rato.
—¡A huevo, ya ganó! —Solo Fiona y sus seguidores en línea andaban echando desmadre de la felicidad.
Ximena se quedó pensativa viendo a Cecilia cruzar la meta fresca como lechuga. Enzo, por supuesto, no cabía de orgullo y aplaudía con ganas. Hasta el mismísimo encargado de la pista miraba a Cecilia con bastante curiosidad.
Se le acercó a Enzo y le soltó:
—Enzo, tu prima está cañona, ¿por qué no la habías metido a competir antes?
—¿Pues qué le viste de cañona? —Enzo también había notado que el manejo de Cecilia era de otro mundo.


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