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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 870

Jaime también era de capacidades bastante promedias, y al igual que su padre, sabía contentarse con lo que tenía.

Por eso, ver a Helena armando un circo en casa se sentía como una anomalía en su familia.

En ocasiones no podía evitar arrepentirse de haber tenido ese momento de debilidad; ojalá hubiera escuchado las advertencias de su tío antes de meter a una mujer como ella en su hogar.

Pero se trataba de la esposa que él mismo había escogido. ¿Qué más daba?

Incluso le había dado un par de hijos; no era como que pudiera simplemente devolverla.

—Helena, hoy es el día en que la familia de mi tío presenta oficialmente a su nieta ante todos, ¡así que más te vale quedarte quieta y comportarte!

La mirada de Jaime proyectaba una dura advertencia.

Esta mujer de verdad que no entraba en razón. Si no fuera por el enorme esfuerzo que la familia principal hacía para generar tanto dinero, jamás habrían tenido la vida holgada de la que gozaban hoy.

Y ahí estaba ella, dedicándose a alborotar el avispero en pleno evento. Si llegaba a hacer enojar a su tío mayor y este decidía expulsarlos del grupo empresarial, iban a enfrentarse a la dura realidad.

Puede que tuvieran mucho dinero, pero el mundo entero estaba lleno de gente rica.

Sin contar que se encontraban en Viento Claro.

En Viento Claro el dinero no lo era todo; lo que pesaba de verdad era el poder.

¿Cómo era posible que esta estúpida esposa suya no lo entendiera?

—¿Y yo por qué tengo que quedarme quieta? ¿Acaso lo que dije es una mentira?

»Esa chiquilla no es más que una aldeana puebleri...

—¡Cállate! —La interrumpió su esposo antes de que pudiera decir una tontería mayor—. Helena, te lo advierto, ¡si causas un solo problema en una ocasión como esta, mañana mismo te pido el divorcio!

Esas palabras surtieron el efecto deseado, pues Helena quedó atónita y no se atrevió a pronunciar ni una sola queja.

Sin embargo, de inmediato giró la cabeza para mirar a su hija.

—Aurora, escúchame bien: todo lo que hago es exclusivamente por ti.

Aurora Ortega estaba perdiendo la poca paciencia que le quedaba:

—Mamá, se lo agradezco en el alma, pero no se moleste. No hace falta.

¿Y para quién eran realmente sus esfuerzos? ¿Acaso Helena creía que nadie se daba cuenta de sus verdaderas intenciones?

Por supuesto, Esteban no tenía idea del melodrama que Helena había armado a sus espaldas.

Él se limitó a extender la mano, invitando a su nieta a que se acercara.

Cecilia hizo lo que le pedía.

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