—Si de algo sé, es de buenos lugares para echar la fiesta y botanear. Deberíamos intercambiar números, digo, por si quieres que algún día te lleve a dar una vuelta.
Cecilia soltó una risa discreta pero indescifrable, manteniendo el silencio sin darle su número de celular.
A un lado, Zoe maldecía internamente a su hermano por ser tan idiota. ¿A quién se le ocurría tratar de conquistar a alguien presumiendo que su mayor talento era salir de fiesta? Era como gritarle al mundo que era un júnior mantenido y bueno para nada.
—Voy a estar bastante ocupada en los próximos días, la verdad dudo mucho que tenga tiempo para salir —contestó Cecilia, ignorando por completo la sugerencia de pasarse el teléfono.
Pero Noé era el rey de los cínicos.
—No hay falla, yo me acoplo a tu horario.
Justo cuando Cecilia estaba por mandarlo al diablo, Agustín se acercó a ellos.
—Ceci —dijo Agustín, llamando su atención. Se paró a su lado, creando un contraste abismal con el hermano de Zoe.
Al fin y al cabo, Noé era sobrino de Lourdes y no era para nada feo, pero, al lado de la imponente figura de Agustín, no era más que un simple extra.
—Agustín —respondió Cecilia con una sonrisa. Teniéndolo a él enfrente, ¿quién iba a seguir perdiendo el tiempo con alguien como Noé?
Frustrado por no haber conseguido el número de la chica, el joven Palacios intentó insistir, pero Agustín lo cortó en seco:
—¿Se le ofrece algo, señor Palacios?
Noé titubeó. Aunque le molestaba, no tenía los pantalones para enfrentarse a alguien como Agustín, así que simplemente sonrió con nerviosismo:
—No, nada, todo bien.
Rápidamente, agarró del brazo a su hermana con la intención de largarse. Ya había cruzado palabras con Agustín en el pasado y hasta lo había visto golpear a alguien. Ni de broma se atrevería a buscarle pleito.
Zoe, por el contrario, parecía tener chispas en los ojos al admirar al apuesto recién llegado.
A Cecilia no le tomó ni un segundo descifrar sus intenciones, y entendió de golpe por qué le había presentado a su hermano.
«¿En serio espera que me interese en su hermanito para que yo me haga a un lado y le deje libre a Agustín?»
¡Debía de tener la cabeza hueca! Después de ver a un hombre como Agustín, ¿quién en su sano juicio voltearía a ver al tarado de su hermano?
—Señor Sandoval —saludó Zoe, poniéndole ojitos dulces.
Sin embargo, Agustín apenas le dedicó una mirada gélida y distante.

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