Aurora también era una mujer sumamente atractiva, pero tenía un estilo totalmente diferente al de Cecilia.
Zoe juraba que a Aurora también le tenía que gustar Agustín. ¡A final de cuentas, ella era una Ortega de pies a cabeza! ¿A poco se iba a rendir tan fácil?
«¡Qué falta de ovarios!», pensó Zoe.
Si de alianzas matrimoniales entre los Ortega y los Sandoval se trataba, Aurora siempre había sido la candidata principal.
Y ahora, en vez de arrancarle los ojos a esa campirana recién llegada por robarle al prospecto ideal, resulta que hasta se portaba linda presentándola con la gente. ¿Se podía ser más estúpida y dejada?
—¿Y tú por qué tendrías que enojarte por mí? —le cuestionó Aurora, sintiendo que Zoe no tenía ningún sentido.
En el pasado, cada vez que ambas coincidían en la casa de los Ortega, Zoe buscaba a toda costa competir con ella para destacar.
Pero como la muchacha era sobrina de su tía política, Aurora prefería llevar la fiesta en paz y no rebajarse a su nivel.
Sin embargo, al ver que ahora se metía con Cecilia, Aurora decidió que ya no iba a tenerle contemplaciones.
—Es que tú conociste primero al señor Sandoval. Si no fuera por esa Cecilia, seguramente tú serías la comprometida con él —insistió Zoe.
Aurora tuvo unas ganas inmensas de coserle la boca. ¡Estaba diciendo unas babosadas monumentales!
Y no es que a Aurora le diera cargo de conciencia, pero le perturbaba lo similares que eran las ideas de Zoe a las de su propia madre, Helena.
Temía que alguien de su familia la escuchara y empezaran a sacar conjeturas raras sobre ella.
—¡Deja de inventar pendejadas! El señor Sandoval es el prometido de Ceci, ¿qué tiene que ver conmigo? —soltó Aurora sin pelos en la lengua—.
¡Además, ni siquiera me gusta!
Y era la pura verdad; Agustín no le causaba el menor interés.
Para empezar, el hombre era frío y cortante a más no poder. Apenas se lo topaba un par de veces al año, casi siempre en eventos de sociedad.
Y nunca la trató de una forma especial solo por ser de la familia Ortega.
Por supuesto, Aurora tampoco estaba aferrada a gustarle a un tipo tan inalcanzable.
«Más me vale quedarme calladita, así todavía tengo posibilidades. Si suelto el chisme, se puede amarrar el compromiso o, si terminan cambiando de novio en un futuro, me van a echar la culpa y salir perdiendo», dedujo internamente.
Zoe no era ninguna pendeja; no andaría regando el chisme nada más porque sí.
Aunque si se trataba de soltar veneno sobre Cecilia para arruinar el matrimonio entre ambas familias... ah, ¡eso era otra historia y lo haría encantada de la vida!
—¡No me digas! Pero si el señor Sandoval le lleva unos buenos años a Ceci, ¡qué rabo verde! —exclamó Patricia, asombrada.
Zoe casi se va de espaldas al escucharla. ¡¿Pero qué tarada?! ¡Era obvio que la de campo le había pegado al gordo!
Tal vez Agustín era unos cuantos años mayor que Cecilia, pero a los ojos de cualquier mujer sensata era un joven prodigio, un hombre de éxito en todo su esplendor.
—A fin de cuentas, a Ceci todavía le cuelga para graduarse; si un día conoce a algún chavo en la escuela y terminan gustándose, tendrá chance de elegir si prefiere a él o seguir con el compromiso —le aclaró Aurora.
Patricia asintió con la cabeza, comprendiendo. Viéndolo de esa manera, el secretismo tenía bastante sentido.
Sin embargo, aquella tal Zoe no parecía de las que sabían guardar un secreto.

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