Si a Agustín de verdad le hubiera gustado, no habría habido ningún problema; él mismo habría movido cielo, mar y tierra para arreglar ese matrimonio.
El detalle era que la joven no le interesaba a Agustín en lo más mínimo, y el hecho de que anduviera de llorona junto con sus pretendientes tirándole mala onda a Agustín solo la hacía quedar como una ridícula.
—¡Ay, por favor! Esos son asuntos de los jóvenes, yo ni me meto —dijo Edgar. En el fondo, no era que no pudiera meterse, sino que no quería quedar en ridículo.
Edgar cambió de tema de volada y no volvió a mencionar a Agustín.
Y, como era de esperarse, la plática de aquellos viejos aficionados a la pesca terminó volviendo a las cañas y los anzuelos.
Cecilia y Agustín se quedaron con los señores un rato más antes de alejarse del grupo.
A ella no le gustaban esa clase de eventos.
No le gustaban cuando vivía con la familia Ortiz, y seguían sin gustarle ahora que estaba con los Ortega.
Por eso, ella y Agustín decidieron irse al jardín exterior para evadir las responsabilidades sociales.
Él le sirvió algo de botana, y los dos se sentaron bajo la sombra de una gran sombrilla a disfrutar del clima fresco.
La familia Ortega no le había impuesto ninguna regla ni la había obligado a socializar con los invitados, así que nadie le iba a reprochar por estar ahí escondida.
Lo que Cecilia nunca se imaginó fue que terminaría siendo espectadora de un buen drama.
Resulta que Máximo también había asistido a la fiesta; era el viejo amigo con el que Enzo había terminado peleadísimo.
Y no venía solo, traía a una mujer de acompañante.
Los tres estaban en el jardín en ese preciso instante.
Enzo clavó una mirada furiosa en Máximo.
—¿Y mi libro? ¿Lo trajiste o no? —exigió, y luego señaló a la mujer—. Y otra cosa, ¿quién te dio permiso de traerla a ella? ¿Crees que cualquiera puede entrar a una fiesta de la familia Ortega?
Enzo detestaba a Adriana Medina, especialmente cuando ponía esa carita de inocente.
Tal como lo esperaba, antes de que Máximo pudiera soltar una palabra, Adriana ya tenía los ojos llenos de lágrimas y una expresión de completa víctima.
—Perdóname, Enzo —sollozó—. Admito que me equivoqué con lo que pasó aquella vez. No debí irme al extranjero sin decir nada, pero...
Enzo se limitó a quedarse viéndola fijamente.

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