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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 877

¿Y Agustín?

Al ver que los señores ya habían platicado suficiente, propuso llevar a Cecilia a comer algo.

Una vez que los dos se alejaron, Victoriano por fin cayó en cuenta de la situación.

—¿Por qué Agustín está acompañando a Ceci? ¿A poco se conocen de hace mucho?

—No se conocen de hace tanto —dijo el abuelo Ezequiel con un aire de superioridad—, pero la abuela de Ceci y yo fuimos buenos amigos durante muchos años.

—¿Ah, sí? —Todos miraron al abuelo Ezequiel con curiosidad y un tono burlón.

—¡No me digas que tenías amigas! —soltó Victoriano sin pelos en la lengua.

¿No que era el hombre más fiel a su esposa y que ni siquiera cuando iba a pescar dejaba que hubiera mujeres cerca?

¿De dónde salía ahora esa supuesta "amiga de hace años"?

¿No sería algún viejo amor platónico del pasado?

—No digan tonterías —replicó—. Conocimos a la abuela de Ceci cuando Manuela Reyes y yo fuimos a trabajar al campo; Manuela y ella se hicieron íntimas.

—¿Aah, en serio? —exclamaron los señores, arrastrando la voz con doble intención.

Entre ellos había quienes habían enviudado y se habían vuelto a casar, y frente a alguien como el abuelo Ezequiel, que presumía de ser el marido más leal y recto, siempre se sentían un escalón por debajo.

Por fin tenían la oportunidad perfecta para molestarlo y, sin importar cuál fuera la verdad, ninguno iba a desaprovecharla.

Al ver que nadie le creía, el abuelo Ezequiel prefirió guardar silencio.

¡Esa bola de viejos solo le tenían envidia porque él y su Manuela se amaban con locura!

No valía la pena malgastar saliva con ellos.

—Oigan, no me digan que sus familias planean continuar con aquel compromiso matrimonial entre Luciana y Emilio Sandoval... —comentó Victoriano tras soltar una risa, dando en el clavo por fin.

Esteban y el abuelo Ezequiel intercambiaron una mirada; todavía no hacían público el asunto.

Sin embargo, ese mismo silencio los delató ante los demás.

Respaldada por el nombre de Edgar, la joven se daba aires de grandeza y se presentaba como la gran señorita González en todas partes. De hecho, llamaba mucho más la atención que las verdaderas herederas de la familia.

Cuando intentó conquistar a Agustín, lo hizo creyendo firmemente que su estatus era el adecuado para él. Por lo tanto, daba por sentado que, si ella se lo proponía, Agustín no tendría más remedio que aceptar.

Para su desgracia, Agustín la ignoró por completo y no cedió ante ninguno de sus coqueteos.

Ante el rechazo, la berrinchuda señorita González terminó hecha un mar de lágrimas.

Después de eso, toda su bola de pretendientes arrastrados se ofendieron y empezaron a hablar mal de Agustín a sus espaldas.

Decían que no tenía ni una gota de caballerosidad, y que, aunque no le gustara la chica, debió haberla rechazado con más tacto.

Además, justificaban su despecho alegando que él solo era guapo, de buena familia y con talento, pero fuera de eso no tenía nada más de lo que pudiera sentirse orgulloso.

A esa clase de situaciones se referían cuando decían que había hecho llorar a varias mujeres.

Al escuchar que mencionaban a la hija de su hijastro, Edgar se encogió de hombros y perdió toda su confianza.

Esa nieta siempre se había portado como una mosquita muerta frente a él, ¿quién iba a imaginar que andaba tras los huesos de Agustín?

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