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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 880

¡De todas las personas que podían haber estado ahí, tuvo que ser él!

Desde chiquito, Agustín había sido ese "niño perfecto" que todas las mamás usaban como ejemplo para regañar a sus propios hijos.

Máximo no se había salvado de esas comparaciones.

Y la verdad es que detestaba la idea de que Agustín pensara que era un inútil.

Vaya, ya era un milagro que el propio Máximo empezara a dudar de su capacidad intelectual.

—Pues nosotros llevamos aquí todo el rato. Si nos vamos a poner estrictos, llegamos antes que ustedes —dijo Cecilia, casi rodando los ojos.

Esa bola de mensos ni siquiera se había tomado la molestia de revisar si había moros en la costa antes de agarrarse del chongo.

—¿A poco sí? —murmuró Máximo, un poco sacado de onda.

De plano no le cruzó por la mente que habría gente allá afuera.

La fiesta estaba a reventar de pura gente pesada. Sus propios padres andaban de arriba para abajo, ocupadísimos, y lo único que le dijeron antes de botarlo fue que no anduviera de problemático, para luego irse a repartir sonrisas y brindar con medio mundo.

Después de todo, el cumpleaños de Esteban no era solo para cantarle Las Mañanitas, todos querían aprovechar el viaje para amarrar contactos y hacer negocios.

—¿Y tú no vas a decir nada sobre que tu primita anda a solas con un hombre por acá? —le reclamó Máximo a Enzo, tratando de desviar la atención hacia otro lado para salvarse el pellejo.

—Mi prima es muchísimo más lista que tú —se burló Enzo con una sonrisa cínica.

Él sabía que Ceci no se iba a dejar mangonear por Agustín. En cambio, si a Máximo lo dejaban a solas con Adriana, capaz y la tipa le bajaba hasta los calzones con sus mentiras.

—¡Oye, no seas gacho! Nada más te aviso, porque tu prima todavía se ve súper chiquilla y Agustín... digamos que ya está bastante correteado.

¿Agustín, el que apenas y rasguñaba los veinticuatro años?

«¿Pues qué tan viejo me veo?», pensó Agustín.

—Déjate de estupideces y mejor preocúpate por ti —le contestó Enzo, sin dar su brazo a torcer.

Aunque ahora que lo pensaba, ¿qué hacían esos dos solos allá afuera?

—¿A qué salieron ustedes dos? —les preguntó de golpe.

—Adentro hacía muchísimo calor, así que salimos a tomar aire —respondió Cecilia, sin darle tiempo a Agustín de abrir la boca—. Además, ni conozco a los invitados, no le hallé el chiste a quedarme.

El mundo de los adultos de negocios era demasiado enredado, y Cecilia no tenía ninguna necesidad de empaparse de todo eso todavía.

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