Cecilia jamás admitiría que ver a Adriana comiéndose con los ojos a Agustín una y otra vez le había caído en la punta del hígado.
Era una sensación rara.
Decidió no darle demasiadas vueltas al asunto por el momento.
Agustín mantuvo una expresión serena:
—Eso no es asunto mío.
Cecilia rodó los ojos, sintiendo que le había cortado la inspiración.
Solo estaba bromeando.
Por otro lado, Máximo cumplió con la petición de Adriana y la acompañó hasta la salida del hotel.
A Adriana se le revolvía el estómago del coraje. ¡Qué tipo tan menso!
¡Con razón llevaba años soltero!
¡Le pidió que la acompañara a la salida y el muy imbécil la sacó del edificio literalmente!
Adriana solo quería evitar sentirse humillada por Cecilia, pero en realidad no tenía ni la menor intención de irse de la fiesta.
Adentro había peces gordos a los que jamás podría acercarse por su cuenta.
Quería quedarse para ver si de pura suerte se codeaba con uno o dos; con eso se daba por bien servida.
Y ahí estaba, saliendo con la cola entre las patas antes de que el evento terminara. ¿Cómo no iba a estar encabronada?
—Max, acompáñame a cenar algo por aquí —propuso Adriana.
Máximo frunció el ceño:
—Adri, no es que no quiera ir contigo, pero mis papás siguen allá adentro. Si se enteran de que me fui de un evento tan importante sin avisar, se van a enojar muchísimo.
Adriana no podía creer que usara esa excusa para batearla.
—¿Le tienes miedo a tus papás?
Ella lo miró con cierto desdén.
—Ya no eres un niño, ¿a poco todavía te traen cortito?
Lo miró como si todavía usara pañales.
—Mis papás siempre han sido muy estrictos conmigo —respondió Máximo, sin una gota de vergüenza y hasta con un toque de orgullo.
Adriana se quedó en blanco. Sentía que algo no cuadraba desde que se fue al extranjero.
Al regresar al país, sin mejores prospectos a la vista, no le quedó de otra más que usar al tonto de Máximo como trampolín.
Pero el muy menso no había madurado nada. Sí, la coló a la fiesta, pero al final no la conectó con nadie importante.
Para colmo de males, los anfitriones eran la familia Ortega, y con Enzo ya tenía su historia de malentendidos del pasado.
Enzo ya la aborrecía de por sí, y ahora que sabía separar perfectamente a Fabiana de ella, ni siquiera quiso escuchar sus disculpas.
En la fiesta había echado el ojo a un candidato mucho mejor, pero el muy desgraciado la había ignorado monumentalmente desde el minuto uno.
Terminó la noche con las manos vacías y, para rematar, un presentimiento amargo se instaló en su pecho.
¿Acaso el tonto de Máximo también se le iba a escapar de las manos?
—¿De verdad nunca has pensado en poner tu propio negocio? —le preguntó Adriana después de dudarlo un momento.
Máximo la miró con cara de no entender nada:
—¿Estás bromeando?
—Si no hago nada, el dinero de mi familia me alcanza para esta vida y la siguiente.
—Pero si me pongo a jugar al empresario, a lo mejor mañana amanezco en la calle.

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