—Señora, yo no quise decir eso...
Adriana se sintió morir de la vergüenza. Nunca imaginó que la iban a agarrar con las manos en la masa hablando pestes.
Se sintió un poco incómoda.
—¿Qué no quisiste decir qué?
—Eres una chamaca muy descarada para soltar semejantes comentarios. Nosotros nos matamos criando a este muchacho, ¿y ahora vienes muy tranquilamente a querer exprimirle el jugo? —Natalia Cordero clavó una mirada furiosa en su hijo—: Máximo, ¿me puedes explicar qué significa esto?
—Me prometiste que ibas a portarte bien e ibas a estar con Frida.
Frida Vera era hija de su mejor amiga, y las dos familias mantenían una relación excelente.
—Frida es un pan de Dios y te conoce desde que usabas pañales, por eso te pasa lo inútil. ¡Cualquier otra mujer con su clase ni de chiste se fijaría en ti!
Máximo agachó la cabeza, tragándose tremendo regaño.
—Mamá, ninguna madre arrastra el honor de su propio hijo por el suelo así como así.
—A lo mejor soy un desastre, ¡pero sigo siendo mucho mejor partido que Frida! Tiene un carácter de los mil demonios que nadie aguanta.
Sí, le había dado su palabra de casarse con Frida para mantener la buena relación entre los negocios familiares, pero eso de que su madre la pusiera en un pedestal y lo sobajara a él le pegaba duro en el orgullo.
—Será que Frida tiene su carácter, pero es una mujer brillante, ¡no un cabeza hueca como tú!
Frida ya estaba metiendo las manos en las empresas de la familia Vera, mientras que su muchacho solo se dedicaba a respirar y gastar oxígeno.
Si Máximo no estuviera medio presentable de la cara, a ella le habría dado muchísima vergüenza pedirle a su amiga que aceptara el compromiso.
Por lo general, los padres buscan un yerno que le quite carga a su hija en los negocios familiares; pero en su caso era al revés, su hijo era tan inútil que no les quedó de otra más que buscar a una nuera inteligente.
Frida tenía la capacidad para manejar perfectamente las empresas de ambas familias.
La familia Vera y la familia Cordero llevaban años de acuerdo en eso; era la opción perfecta para todos.
Cuando por fin Máximo dio su brazo a torcer, sus padres saltaron de alegría.
¡No iban a permitir que esa tal Adriana les echara a perder el compromiso de su muchacho!
—¡Mamá, eso no es carácter, es ser una mandona que parece macho! ¡No sabe hablar de otra cosa que no sea trabajo! —refunfuñó Máximo. Sentía que se le caía la cara de vergüenza por ser menos exitoso que una mujer.
Máximo se quedó de a seis:
—¿Cómo que te deshaces de mí y te quedas con los nietos?
—¡Eso mismo! ¡Dejo a Frida y a tus hijos, y a ti te corro de la casa a patadas!
Y Natalia no lo decía de dientes para afuera.
Si a su muchacho una cualquiera terminaba lavándole el cerebro, ella optaría por la ruta más conveniente para la familia Cordero sin dudarlo.
Lagartonas como esa Adriana, que a la menor provocación andaban sembrando cizaña para poner a los hijos en contra de los padres, no tenían cabida en su familia.
—Mamá, a veces dudo que yo sea de tu sangre —reclamó Máximo, indignado.
Natalia soltó una carcajada irónica:
—¿Y qué si te parí yo? Da gracias que tu padre y yo ya estamos viejos, porque de lo contrario, te echaríamos a la calle y encargaríamos a otro para criarlo bien desde cero.
Adriana ya no aguantó más; sentía que la mamá de Máximo se lo estaba diciendo directamente en su cara.

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