Adara captó la indirecta al instante.
—Sí, ve a quitarte la mala vibra. Últimamente tienes unos gustos para el perro.
Gonzalo sonrió con amargura.
—¡Ni que lo digas!
—Bueno, te dejo para que platiques tranquila con Ceci y con Lourdes, yo me retiro para no estorbar.
Al ver a Gonzalo alejarse, Lourdes miró a Adara con cierta resignación.
—¿De verdad no te molesta para nada que ande de rabo verde por ahí?
La expresión de Lourdes era una mezcla de incredulidad y compasión.
Todo el mundo sabía la clase de persona que era Gonzalo fuera de casa.
Pero si a su propia esposa no le importaba, nadie podía meterse a defenderla.
—Gonzalo solo sale a comer antojitos a la calle, pero nunca cruza los límites. No se mete con mujeres que puedan darnos problemas.
—Casi todas las que se le acercan solo andan buscando su dinero.
—Entre nosotros ya no hay amor, ahora somos más bien como compañeros de equipo.
—Además, casi todo el dinero importante y las acciones de la empresa los tenemos los niños y yo. ¿Para qué voy a estar exigiendo tanta fidelidad?
—Y para acabar pronto, él no es el único que se divierte, ¿no?
Adara se emocionaba más a medida que hablaba. Qué lástima que Lourdes y su esposo se llevaran tan bien, de lo contrario le habría aconsejado que también se buscara a alguien para distraerse.
Pero el esposo de Lourdes ya era excelente, era normal que ella no tuviera interés en aventuras de una noche.
Muy diferente a su Gonzalo, que estaba cada vez más amolado, ya ni apetito daba.
Lo peor de todo era que, en sus primeros años de emprendimiento, ambos se habían desgastado tanto que terminaron arruinando su salud.
Ella no estaba tan mal, solo había subido de peso, pero el caso de Gonzalo era distinto.
Tanto exceso de alcohol le había provocado problemas de disfunción.
Hacía mucho tiempo que el hombre ya no daba la talla.
Si iba a buscar a otras mujeres y les pagaba, era porque, por mucho que se quejaran, al final lo llenaban de halagos y le alimentaban su pobre ego herido.
Pero en casa era otra historia.
¡Adara no tenía el valor de mentirle con tanto descaro!
Solo chocaba con alguien al azar y resultaba que la dejaba herida. ¿Ahora también tendría que pagar cuentas de hospital?
Estaba decidido: Fátima era de lo peor.
Iba a conseguirle un último contacto comercial en un par de días y luego la mandaría al diablo.
—Déjame ayudarte. ¿También eres invitada al cumpleaños de don Esteban?
Gonzalo se tomó un momento para detallar a la mujer. Llevaba un vestido de gasa verde, tenía la piel pálida y, debido al dolor del tobillo, tenía los ojos llenos de lágrimas, dándole un aire sumamente frágil y tierno.
En ese instante, algo hizo clic en el cerebro de Gonzalo.
Sin embargo, recordó de inmediato que aquel evento era territorio de la familia Ortega, así que no se atrevió a pasarse de listo.
Si ella era invitada, significaba que no era una persona cualquiera o que el hombre que la acompañaba era alguien de mucho peso.
Fuera el caso que fuera, él no estaba en posición de buscarse problemas.
—Así es, aunque ya me sentía un poco mal y estaba a punto de irme a casa.
La mujer bajó la mirada, haciendo que sus largas y rizadas pestañas temblaran de una forma que aceleró el corazón de Gonzalo.
¡Qué belleza! No era que tuviera unas facciones increíblemente perfectas, sino que él simplemente no podía resistirse a esa actitud de debilidad y fragilidad.

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