Los que van a la cabeza de la clase nunca entenderán el sufrimiento de los que vamos al final.
—Los que vamos en medio también le sufrimos. —Mireya tenía mejores notas que Macarena, pero tampoco era la mejor.
El orden de calificaciones en el dormitorio era Cecilia, Estella, Mireya y Macarena.
Aunque Macarena decía ser la última de la clase, su nivel seguía siendo inalcanzable para un estudiante promedio.
Además, ella no se había matado estudiando toda la vida; según contaba, apenas había empezado a aplicarse en su último año de preparatoria.
Y con solo un año de esfuerzo, logró entrar a una universidad de élite.
Mientras que otros se quemaban las pestañas durante más de diez años solo para conseguir un lugar a duras penas en una universidad cualquiera.
—Pues ustedes tampoco ven lo difícil que es ir a la cabeza.
Para Cecilia, estudiar era bastante fácil, pero sabía que no todas las personas exitosas tenían su misma facilidad.
La mayoría lograba entrar a la mejor universidad a base de puro esfuerzo y horas de estudio.
Incluso Belén.
Aunque a ella le habían dado pase directo, durante la competencia de matemáticas fue, sin duda, la que más se esforzó de todo el campamento de invierno.
—Ay, a nadie le toca fácil —suspiró Mireya.
Y cuánta razón tenía.
Las tres se cansaron de caminar y buscaron una cafetería para tomar algo.
En ese momento, el lugar estaba bastante lleno.
Había varios estudiantes que venían acompañados de sus padres.
Mientras Cecilia y sus amigas hacían fila, escucharon a un chico frente a ellas quejándose con su mamá:
—Mamá, te dije que con comprar una botella de agua estaba bien. ¿Por qué a fuerzas quieres un café? ¡Mira la fila, solo estamos perdiendo el tiempo!
—Además, tomar mucho café no es sano y engorda. ¿Qué no mi papá te tiene prohibido tomarlo?
—¿A poco usaste de pretexto venir a dejarme a la universidad nada más para tomar café a escondidas?

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