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Ciega por tu Mentira romance Capítulo 101

Amanda preguntó con seriedad, pero Mauro no dijo ni una palabra.

Con paciencia, le acomodó el edredón a Amanda, se dio la vuelta para abrir la bolsa de plástico transparente que había traído y sacó un termómetro de mercurio. Después de agitarlo para bajar la marca, se dirigió directamente hacia ella.

Mauro se sentó a su lado y, por inercia, levantó una esquina del edredón, pero luego se detuvo en seco.

Pasaron unos segundos y las mejillas de Mauro se tiñeron de un rojo poco natural.

—Pruébate la temperatura tú misma, no es muy apropiado que yo lo haga.

Amanda reaccionó tarde; la fiebre la tenía atontada y su cerebro procesaba todo medio segundo más lento de lo habitual. Se apresuró a tomar el termómetro de la mano de Mauro y, al ver que él se giraba discretamente, se lo colocó bajo la axila.

Ya de por sí tenía la temperatura alta por la fiebre, pero en ese momento Amanda sintió que la cara le ardía aún más.

Se arregló la ropa y volvió a recostarse, avergonzada. Para entonces, Mauro ya había preparado la dosis de cada medicamento siguiendo las instrucciones.

Fue a servir un vaso de agua y regresó junto a Amanda.

—Primero tómate las pastillas.

Amanda obedeció dócilmente y se tragó las cápsulas y tabletas de colores que él tenía en la palma de la mano. No sabía si era porque la fiebre era muy alta, pero sentía la cabeza pesada y aturdida.

Levantando los párpados, que sentía como de plomo, Amanda volvió a preguntar:

—Señor Díaz, ¿por qué es usted quien me trae las medicinas?

Mauro, muy caballeroso, se sentó en el sofá a cierta distancia de la cama, como si intentara mantener el espacio deliberadamente.

Sacó su celular con aire despreocupado, buscó el historial de llamadas y le mostró que el primer número en la lista era, precisamente, el de Amanda.

Amanda parpadeó y apretó los labios.

«¿Acaso el número que marqué hace rato, toda norteada, no era el de la recepción del hotel, sino el de Mauro?».

Con razón no llegaba nadie de recepción con las medicinas; había marcado mal.

Seguramente presionó el número sin querer, sin tener ni pizca de conciencia. Lo peor era que había hecho que el hombre se tomara la molestia de venir en plena madrugada.

Amanda se sintió llena de gratitud, pero al mismo tiempo apenada.

—Señor Díaz, de verdad qué vergüenza, molestarlo a estas horas para que me traiga medicina. En realidad quería llamar a recepción, no sé cómo terminé marcando su número.

Capítulo 101 1

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