Mauro detuvo el paso justo antes de salir y desvió la mirada hacia la mujer a su lado.
Amanda no lo esquivó; al contrario, le sostuvo la mirada.
Al mismo tiempo, Hugo tuvo mucho tacto: salió del ascensor de puntitas y en silencio, adelantándose a la situación.
Con la salida de Hugo, las puertas del ascensor se cerraron.
En aquel espacio reducido reinaba un silencio extraño, tan absoluto que se habría escuchado caer un alfiler.
Después de un buen rato, Mauro dijo en voz baja:
—Señorita Zúñiga, nuestra colaboración ha terminado, ¿no es así?
Amanda ensombreció el rostro y, sin pensarlo, apretó los puños.
En realidad, al principio Amanda no tenía intención de preguntar nada, pero al verlo, no supo qué le pasó por la cabeza y las palabras simplemente se le escaparon.
Ahora que lo pensaba, había sido una imprudencia.
Amanda se mordió el labio y un destello de tristeza cruzó por sus ojos.
—El señor Díaz tiene razón.
Para Mauro, solo eran socios. Terminada la colaboración, no había necesidad de mantener el contacto; era ella quien no había sabido ubicarse.
Al entenderlo, Amanda forzó una sonrisa.
No dijo nada más y extendió la mano para abrir el ascensor, pero, aunque presionó el botón varias veces, las puertas no se abrieron.
Inmediatamente después, la voz profunda de Mauro sonó a sus espaldas:
—¿Qué pasa?
La expresión de Amanda se volvió seria al instante.
—El ascensor no abre.
Mauro intentó abrirlo un par de veces sin éxito. Probó con otros pisos y con el botón de emergencia, pero todos los controles estaban muertos.
Mauro frunció el ceño y dijo con frialdad:
—Debe ser una falla técnica. Llamaré a Hugo ahora mismo.
—Está bien —respondió Amanda.
Dejando de lado la incomodidad de hace un momento, Mauro intentó contactar a Hugo, pero ocurrió lo peor: no había señal dentro del ascensor. La llamada no salía.

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