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Ciega por tu Mentira romance Capítulo 110

El cuerpo de Amanda se tensó y dijo en voz baja:

—Ginés, déjame pensarlo un poco más.

—Está bien. Si cambias de opinión, llámame a cualquier hora.

***

Al salir del bufete, Amanda regresó al restaurante a recoger su auto y se dirigió directamente a la autopista elevada, pisando el acelerador a fondo. Abrió el techo descapotable y dejó que el viento frío le golpeara la cara; parecía que solo así podía calmarse.

Después de dar vueltas por la ciudad, regresó al centro cuando ya había oscurecido por completo. Estacionó el auto en el puerto y se quedó parada en el muelle, recibiendo la brisa marina sin ninguna expresión en el rostro.

Sin embargo, su palidez iba en aumento. Como era de esperarse, el resfriado anterior no se había curado del todo y esa noche volvió a tener fiebre.

Aunque no fue tan grave como la vez anterior, Amanda tomó un antipirético y se sumergió en la bañera, pensando en todo lo que había vivido desde pequeña y en todo lo ocurrido tras el regreso de Olivia.

Amanda apretó los puños con tanta fuerza que se clavó las uñas en las palmas, sintiendo un dolor punzante.

Envulta en una toalla, se metió en la cama y se cubrió con el edredón.

Esa noche, tuvo pesadillas constantes y se despertó sobresaltada a las cuatro de la madrugada.

Mirando el cielo aún oscuro, Amanda ya no tenía sueño. Se quedó sentada en el sofá con la mirada perdida hasta que amaneció, se vistió y se fue a la empresa de transporte.

Cuando uno está angustiado, solo manteniéndose ocupado se evita pensar tonterías.

Amanda fue la primera en llegar a la oficina.

Revisó los informes de los últimos trimestres y preparó un plan de ajuste operativo. Cuando los empleados empezaron a llegar y la vieron, se llevaron un susto.

Habían visto jefes capaces, pero nunca una jefa capaz y tan trabajadora.

Amanda entregó el plan de ajuste al departamento de operaciones y dijo casualmente:

—Quedan tres días para el cierre de la licitación. Mañana a más tardar debe estar definido el precio base final.

—Sí, señorita Solano.

El ritmo de trabajo de Amanda era intenso; con ella presente, ningún empleado se atrevía a bajar la guardia y todos trabajaban con el máximo esfuerzo.

—Pierda cuidado, señorita Solano. Este asunto es vital para el futuro de Transportes Rumbo, todos estamos conscientes de ello.

—Bien, ve a descansar tú también.

El gerente asintió y se dio la vuelta para irse. Justo en ese momento, sonó el celular de Amanda.

Miró la pantalla: era Ginés.

Mientras tomaba los cubiertos, contestó:

—Bueno, Ginés.

Escuchó la voz urgente de Ginés:

—Amanda, hay problemas con tu mamá. Elena fue a buscarla con gente. ¿Dónde estás? Voy por ti ahora mismo...

Las pupilas de Amanda se dilataron y se levantó de un salto. Sin decir nada, tomó su bolso del escritorio y salió corriendo por la puerta.

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