Aun así, Begoña mantuvo la cabeza en alto y, con la boca ensangrentada, dijo con voz confusa:
—No lo hice... yo no... no seduje a Nicolás, de verdad que no...
Sus palabras solo provocaron un trato más brutal por parte de Elena, quien le apretó la mandíbula con una expresión feroz.
—Los hechos están a la vista, ¿y todavía no lo admites? Begoña, mira que eres necia. Siendo así, no me culpes por lo que va a pasar.
Elena la soltó y miró a los hombres que controlaban a Begoña.
—Esta mujer es una urgida. Seguramente después de estar encerrada tantos años sin hombre, debe estar desesperada. Ustedes encárguense de atender bien a esta vieja aquí mismo.
Al escuchar a Elena, los hombres miraron a Begoña con sonrisas lascivas.
Begoña palideció del terror.
—No, no se acerquen, no me toquen.
Justo cuando uno de los hombres extendía sus garras hacia Begoña, recibió un golpe seco en la nuca con un objeto contundente. El hombre, furioso, se dio la vuelta de inmediato.
Allí estaba Amanda, parada en la entrada, con el rostro sombrío y una mirada aterradora.
El hombre maldijo:
—Maldita vieja, te atreves a pegarme, ¿quieres morirte?
En el rostro de Amanda no había ni pizca de miedo. Cuando vio de reojo el estado lamentable de Begoña, sintió una punzada de dolor en el pecho.
Amanda frunció el ceño, con una mirada asesina.
—El que se va a morir eres tú.
El hombre estaba a punto de estallar, pero enseguida se escucharon pasos apresurados afuera. Era Ginés llegando con su gente.
Comparados con los hombres de Ginés, los matones que contrató Elena no eran rivales. Con una sola seña de Ginés, sus hombres, bien entrenados, sometieron a la gente de Elena sin esfuerzo.
Esa mañana temprano, Elena había ido a recoger las cosas de Olivia y encontró por accidente la prueba de ADN escondida en un cajón.
Al enterarse, Elena sintió que el cielo se le caía encima. Lo primero que hizo fue llamar a Nicolás para confirmar. Ante la evidencia irrefutable, Nicolás no pudo negarlo.
Nicolás le dijo a Elena que Begoña lo había seducido en aquel entonces y que lo amenazó con contarle todo a Elena si no la dejaba tener al bebé; que él había sido forzado.
Al escuchar eso, Elena vino hecha una furia.
El cuerpo erguido de Amanda se tambaleó ligeramente. Quiso decir algo, pero se contuvo.
En este asunto, Amanda siempre se sentía en desventaja. Elena tenía razón: ella era una hija ilegítima, alguien que no debía ver la luz.
Se mordió el labio inferior, pálida, y apretó inconscientemente el borde de su ropa.
De repente, una voz débil rompió el silencio.
—No, no es así. Amanda, yo no seduje a Nicolás. Él... él, en aquel entonces, me violó...

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