Se volvió a acomodar, dejó el celular en la mesita de noche y se durmió con una sonrisa.
Comparado con el ambiente de Amanda, el lado de Lucas parecía mucho más desolado.
Estaba de pie frente al enorme ventanal, desde donde podía dominar con la vista toda Silvania.
Simón, de pie detrás de él dando su informe, podía sentir que cada molécula en el aire estaba cargada de una atmósfera opresiva. —Señor Salinas, su exmujer se llevó el contrato del muelle. ¿Debemos enviar gente a actuar?
Con las cejas fruncidas y el rostro lleno de una hostilidad asesina, Lucas dio una calada profunda a su cigarro y luego aplastó la colilla con fuerza en el cenicero.
—¿Tú qué crees?
Simón bajó la cabeza; el tono de voz de su jefe era suficiente para helarle la sangre.
La noche anterior, Lucas le había ordenado preparar gente. Sin importar quién consiguiera el muelle, debían llevarlo a ser "educado" para que soltara el proyecto.
Pero ahora, esa persona era la señora...
Simón estaba confundido y no sabía cuál debía ser el siguiente paso.
Lucas miró de reojo a Simón y dijo en voz baja: —El que se atreva a tocar a mi mujer, se muere.
Ya había lastimado a Amanda una vez y se arrepentía profundamente; ¿cómo podría lastimarla una segunda vez?
Lucas suspiró profundamente y se sentó. Encendió otro cigarro y dijo con frialdad: —Amanda debió gastar mucho dinero para adquirir esa empresa de transporte. Con lo que sé de ella, sus fondos no son suficientes para comprar el muelle, así que su siguiente paso será, sin duda, pedir un préstamo al banco. Simón, ¿ya sabes qué hacer?
Simón comprendió. —Entendido, señor Salinas.
Lucas entrecerró los ojos y se recargó suavemente en el respaldo de la silla. En esa noche silenciosa, los pensamientos locos por ella se filtraban por todos lados.
La amaba. Amaba su ternura y consideración, su entrega sin pedir nada a cambio. Pero ahora, esta Amanda agresiva, brillante, arrogante y desafiante lo atraía aún más.

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