—Si Fernando dice que es Papel Amate, entonces no puede ser mentira.
—¿Entonces el cuadro es realmente una falsificación?
—Seguro que es falso.
La situación se invirtió y Román se convirtió en el blanco de las críticas.
Al escuchar las dudas crecientes a su alrededor, Román apretó los puños.
Imposible. Su padre era una persona tan noble, ¿cómo podría sacar una falsificación para una subasta benéfica? Seguramente Amanda se había aliado con ese tal «maestro» para tenderle una trampa.
Román, con la mirada inyectada en sangre por la furia, señaló a Amanda.
—Amanda, ¿crees que trayendo a un estafador para que se alíe contigo puedes cambiar la verdad? Te digo que eso es imposible.
Amanda miró a Román con un toque de sarcasmo en los ojos.
—Llegados a este punto, si todavía no quieres creer que el cuadro es falso, solo queda una última opción. Si hasta yo pude ver que es falso, un profesional sin duda también podrá. ¿Te atreves a dejar que un experto lo certifique delante de todos?
Román aseguró con confianza:
—¿Por qué no habría de atreverme? El que nada debe, nada teme. Voy a desenmascarar tu conspiración frente a todos.
Como ninguno tenía objeción, solo quedaba buscar a un experto.
Como Román no confiaba en ella, Amanda propuso que fuera él quien buscara al perito.
Román tenía ciertos recursos, así que no fue difícil para él traer a un experto en arte y pintura. En menos de media hora, el especialista llegó al lugar.
El experto saludó a Román y subió al escenario para examinar *Las Aves Blancas*. Miró una y otra vez con su lupa, mostrando una expresión poco alentadora.
Guardó sus herramientas de evaluación, miró profundamente a Román y dudó en hablar.
Román, impaciente, lo apuró:

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