En ese momento, Amanda daba la impresión de ser una mujer desenfrenada y arrogante, lo que hizo dudar al de la cicatriz.
Uno de los secuaces le susurró al oído:
—Jefe, parece que estos dos solo son unos calientes echando pata en el coche. Mauro tiene una herida de bala, no tendría energía para hacer eso. Además, no huele a sangre y esa mujer se ve muy brava, no parece que esté fingiendo. Si se nos pega y perdemos tiempo persiguiendo a Mauro, nos va a salir caro.
El líder escuchó el análisis. Tenía sentido, pero aun así quería ver la cara del hombre. Prefería matar a mil por error que dejar escapar a uno.
Decidido, levantó la mano para abrir la puerta.
Justo en ese momento, un grupo de «juniors» salió corriendo de «Noche y Día». Al ver a los tres tipos con herramientas en mano, corrieron hacia ellos insultándolos.
—¿Ustedes fueron los que rompieron nuestros coches? ¿Se quieren morir o qué?
Los dueños de los coches con las alarmas activadas habían salido. La gente que consumía en «Noche y Día» solía ser de dinero o hijos de políticos importantes de Silvania.
Meterse con cualquiera de ellos era un problema grave. Al ver la situación, al de la cicatriz no le importó la pareja del coche y huyó con sus hombres.
El grupo de ricos no iba a dejarlo así. Algunos de los más agresivos gritaron:
—¡Hijos de perra, se atrevieron a tocar mi nave! ¡Hoy los voy a reventar!
Y corrieron tras ellos.
Mientras tanto, dentro del coche.
Amanda suspiró aliviada. Solo cuando vio que desaparecían por completo, retiró la mirada. Entonces, sin querer, se encontró con la mirada de Mauro y se quedó helada.
Quizás porque la tensión había bajado, Amanda notó el cambio evidente en cierta parte de él…
Al instante, Amanda se bajó torpemente de encima de Mauro, con la cara tan roja que no se atrevía a mirarlo.
Mauro también se dio cuenta. Se miró el pantalón y frunció el ceño:
—Yo… lo siento, es una reacción… natural del cuerpo, no pude evitarlo.

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