Al irrumpir por la puerta, Amanda se giró y se encontró de frente con los ojos furiosos de Olivia.
Olivia avanzó a pasos agigantados, señalándola mientras la insultaba:
—Amanda, ¿acaso no tienes humanidad? Que te metas con nosotros pase, pero Nicolás es tu padre biológico. ¿Cómo te atreves a unirte a extraños para exponerlo? ¿Quieres destruirlo?
Amanda soltó una risa fría y alzó la mirada:
—¿Y si no? ¿Acaso debería ayudarlo a triunfar?
—Estás loca. ¿Qué ganas destruyendo a la familia Zúñiga? No olvides que tú también eres una Zúñiga.
Olivia tenía los ojos desorbitados, como una fiera acorralada, y la cara lívida del coraje.
Todo era culpa de Amanda. Primero hizo que Elena terminara en el hospital, y hasta la fecha no se había recuperado del todo. Inmediatamente después, David acabó en los separos esperando sentencia, y ahora resulta que Nicolás también había caído en desgracia.
¿Cómo no se había dado cuenta antes de que esta mujer era tan peligrosa?
Amanda negó con la cabeza:
—No, la sangre de la familia Zúñiga está sucia, yo no soy una de ustedes. Olivia, si no tienes nada más que decir, lárgate. No molestes mi comida con mis amigos.
El buen humor se había echado a perder por culpa de una mosca, y Amanda no pudo evitar fruncir el ceño.
Pero Olivia no se rendía y seguía aferrada al asunto. Al ver que Amanda le daba la espalda, Olivia la agarró del brazo.
Olivia gritó:
—Se llevaron a papá para investigarlo, ¿lo sabías?
Amanda se soltó de un tirón y curvó los labios:
—Claro que lo sé, fui yo quien llamó a la policía.
Al salir de la casa de los Zúñiga, Amanda había llamado a la policía desde el coche.
¿Cómo iba a ser suficiente con arruinar su reputación? Nicolás había abusado de Begoña en el pasado, ¿acaso no merecía ir a la cárcel?
Amanda no quería que Begoña se viera envuelta en el escándalo nuevamente, así que tuvo que buscar otras formas de hacer que Nicolás pagara el precio que merecía.
Olivia se quedó estupefacta:
Sus ojos se enfriaron gradualmente, y una capa de intención asesina apareció en el rostro de Amanda; incluso la fuerza de su mano aumentó inconscientemente.
De repente, Amanda fue empujada por una fuerza enorme. Se tambaleó unos pasos hasta recuperar el equilibrio y vio que quien había llegado era Román.
Román sostenía a Olivia con la mirada llena de preocupación:
—Olivia, ¿estás bien?
Olivia no podía abrir los ojos, le ardían como fuego:
—Hermano, mis ojos, mis ojos me duelen, me duelen muchísimo.
Al oír esto, Román miró a Amanda con una mirada más afilada que un cuchillo:
—Amanda, veo que realmente te has vuelto loca. Sabes perfectamente que Olivia tiene una enfermedad ocular desde niña, y aun así te atreviste a estamparle la cara en esa salsa picante.
Amanda desvió la mirada ligeramente hacia el rostro de Olivia, se acercó despacio y la miró desde arriba:
—Esos ojos que tiene puestos son míos. Hago con ellos lo que se me dé la gana.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ciega por tu Mentira