La repentina aparición de Nora y su insolencia dejaron a Elena confundida y furiosa. Avanzó unos pasos y soltó:
—¿Tú qué te crees? ¿Qué clase de basura eres para atreverte a venir a humillarme?
Nora, joven, hermosa y con un cuerpo espectacular, definitivamente no era alguien con quien Elena pudiera competir físicamente.
Nora se quitó las gafas de sol, curvando los labios en una sonrisa burlona.
—No importa si no me conoces, con que yo conozca a tu esposo es suficiente.
Mientras hablaba, se acariciaba con presunción su vientre ligeramente abultado.
—Oh, casi lo olvido. A tu esposo le importa mucho el bebé que llevo aquí dentro.
Al entrar no se habían dado cuenta, pero en ese momento Elena y los demás notaron claramente el embarazo de Nora.
Por lo que decía, ¿acaso ese niño era de Nicolás?
Elena perdió los estribos y abrió los ojos desmesuradamente.
—Imposible. Estás mintiendo. Nicolás jamás me traicionaría, él nunca tendría una mujer fuera de casa.
Román confiaba ciegamente en la integridad de Nicolás. Aunque había cometido un error en el pasado, aquello había sido porque Begoña lo sedujo activamente.
Se acercó a Elena, compartiendo su indignación.
—Puras tonterías. ¿Acaso no sé qué clase de hombre es mi papá? ¿Nada más porque llegas con esa panza ya dices que el niño es hijo de mi papá? Las palabras se las lleva el viento, ¿tienes pruebas?
Nora, sin inmutarse, soltó una risa fría.
—¿Pruebas? Qué gracioso. No vine a que me reconozcan al niño ni nada por el estilo. Vine expresamente para avisarles que tienen tres días para largarse de mi casa. De lo contrario, lo haré yo misma.
—¿Tu casa? ¿Qué casa? —preguntó Elena.
Nora soltó una risita.
—Por supuesto que hablo de la mansión donde viven ahora.
—¿Con qué derecho?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ciega por tu Mentira