Era una sensación completamente nueva; quería mirarlo, pero sentía que no debía hacerlo.
Amanda se dio la vuelta apresuradamente, dándole la espalda a Mauro.
—Señor Pineda, me regreso primero.
Elías ya se sentía culpable por haberla dejado irse sola hace un momento. Ahora, después del susto del ascensor, era imposible que permitiera que se fuera por su cuenta.
Le quitó el bolso de la mano y sonrió con esa calidez que lo caracterizaba.
—Te llevo.
Amanda sintió las manos vacías y lo miró con sorpresa.
—Pero tu asunto...
—Está resuelto. Te cuento en el camino —dijo Elías.
Dicho esto, Elías se llevó a Amanda hacia la salida. Ella no volvió a mirar al otro hombre ni una sola vez.
Viendo cómo Amanda subía al coche, Hugo preguntó con preocupación:
—Señor, ¿quiere que lo lleve con el doctor Brook?
Mauro, con el rostro sombrío y la voz grave, respondió:
—No hace falta.
Al oír eso, Hugo no se atrevió a insistir.
Sin embargo, cuando las puertas del ascensor se abrieron hace un momento, ¿qué fue lo que vio? ¿El señor estaba forzando un beso a la señorita Zúñiga? ¿Acaso era un espectáculo que podía ver gratis?
De repente, Mauro ordenó:
—Consígueme una copia del video de vigilancia del ascensor y borra el resto de los registros.
Borrarlo era comprensible.
Pero, ¿una copia?
Probablemente solo el señor tenía una mente tan peculiar.
Por otro lado, Amanda ya iba en el coche.
Elías le contó que Ezequiel había estado extrañamente accesible hoy y no le puso trabas. Después de una charla breve, antes de que Elías pudiera argumentar más, Ezequiel se ofreció a revisar personalmente la documentación para la salida a bolsa si se la enviaba mañana.
Si Ezequiel decía eso, era casi un hecho que el asunto estaba resuelto.

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