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Ciega por tu Mentira romance Capítulo 201

Desde que Lucas tenía uso de razón, había vivido en el orfanato. El director le contó que lo habían abandonado en la entrada cuando apenas tenía unos días de nacido, pequeño y moribundo.

Todos pensaron que no sobreviviría, pero contra todo pronóstico, lo logró. Quizá por su carácter introvertido, Lucas era un niño de pocas palabras y los demás chicos solían intimidarlo. La única persona que le mostró bondad fue Olivia.

Por eso, Lucas estaba dispuesto a tratar bien a Olivia y juró protegerla toda su vida.

Sin embargo, nadie puede predecir el futuro.

Nadie imaginó que Olivia cambiaría hasta volverse irreconocible, ni que él terminaría enamorándose de otra mujer.

Amanda contuvo la respiración al ver de reojo la expresión desencajada de Lucas.

—Lucas, si te entregas ahora, todavía puedes conseguir un trato justo. No sigas cometiendo errores.

Lucas soltó una risa fría.

—¿Trato justo? Amanda, no soy estúpido; conozco la ley. Los crímenes que he cometido son suficientes para morir diez veces. Entregarme es solo un camino directo a la muerte.

Intentar convencerlo de que la dejara ir era casi imposible. Lucas estaba acorralado y tenía la firme intención de llevarla con él a la tumba.

Amanda frunció el ceño ligeramente; bajo las manchas de sangre, su rostro estaba pálido.

Si se puede vivir, ¿quién querría morir?

Ella no era la excepción.

Miró a la persona frente a ellos, apuntando con un arma a Lucas. Sabía que si Lucas se distraía aunque fuera un segundo, acabaría acribillado.

¿Distraerse?

De pronto, a Amanda se le ocurrió algo.

Con los nervios de punta y sin atreverse a relajarse ni un instante, habló de repente:

—Lucas, ¿recuerdas al bebé que perdimos?

Lucas se quedó helado y sus pupilas se dilataron al instante.

Amanda se quedó parada en su lugar, con su cuerpo frágil oscilando con el viento. Miró a Mauro, que estaba a unos metros; lo vio bajar el arma en silencio y esbozar una sonrisa de alivio.

Como si hubiera gastado su último aliento, el cuerpo de Amanda se desplomó.

Antes de tocar el suelo, cayó en unos brazos firmes.

Mauro la levantó en vilo, con la mirada llena de angustia y la voz ronca:

—Vamos al hospital, ahorita.

Luego, caminó a paso rápido y, sin querer, su mirada se cruzó con la de Lucas.

En ese instante, los ojos de Mauro se volvieron fríos y sombríos, sin una pizca de calidez.

Lucas, con los ojos rojos de furia y resentimiento, se quedó mirando fijamente a Mauro hasta que este desvió la vista y se alejó.

Aun así, Lucas siguió observándolos. Justo cuando Mauro pasó cerca de él, la brisa levantó el faldón de su saco, y Lucas vio una etiqueta familiar.

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