—Olivia es su princesita, es su sangre, ¿así que yo merecía morir?
—Ustedes sentían que yo le debía algo a ella. Incluso si me hubieran arrancado las córneas para dárselas, en sus corazones yo seguiría siendo la villana imperdonable.
Amanda soltó una risa burlona y llena de amargura.
—Román, no sé si recuerdas aquel invierno cuando tenías diez años y caíste al agua. Hacía un frío que calaba los huesos. Yo te saqué del lago y por eso enfermé gravemente. En ese entonces me prometiste que me cuidarías toda la vida, que si alguien me hacía daño, tú acabarías con él. ¿Pero qué hiciste después? Me trataste como a una extraña y solo defendiste a Olivia. Vaya que eres un gran hermano.
La expresión de Román se congeló. Se quedó paralizado.
Recordaba que ese año tenía diez, la edad más traviesa. Llevó a Amanda, de ocho años, a pescar al lago, pero pisó mal, resbaló en el lodo y cayó al agua.
Román no sabía nadar y no aguantaría hasta que Amanda trajera ayuda, así que ella, sin pensarlo dos veces, saltó al agua helada para sacarlo.
Él se salvó, pero Amanda enfermó gravemente y estuvo en cama más de un mes.
En aquel entonces, su promesa había sido sincera. Para Román, Amanda era la hermanita a la que debía proteger siempre; nadie podía lastimarla.
Pero, ¿en qué momento comenzó a sentir solo repulsión y rechazo por ella, olvidando la promesa que había hecho?
Román, con el rostro pálido y los puños apretados temblando ligeramente, dijo:
—Amanda, si te portas bien y eres obediente, todavía puedo protegerte como cuando éramos niños...
Sin dejar que Román terminara, Amanda lo interrumpió tajantemente.
—La preferencia del señor Zúñiga es un lujo que no merezco y, francamente, no me interesa.
Se soltó del agarre de Román con un movimiento brusco. Su frialdad era cortante. Amanda sonrió con desdén, le dedicó una mirada de indiferencia y se marchó apresuradamente.
Román no la siguió. Frunció el ceño con fuerza, suspiró profundamente y se alejó con rapidez.
Amanda llevó a Nora hasta su edificio. Nora se desabrochó el cinturón de seguridad.
—Ya te conté todos los secretos que debía contarte. Si no hay nada más, será mejor que no nos volvamos a ver.
Ginés estaba sentado con las piernas cruzadas, jugando con una taza de porcelana blanca en la mano.
—Amanda, la familia Zúñiga está acabada, ya no se levantan de esta. Felicidades.
La brisa era suave. Estaban sentados bajo la sombra de un árbol. Detrás de Amanda había una pequeña fuente con un estanque decorativo, donde de vez en cuando se veían nadar unos peces grandes y coloridos.
Amanda tomó un puñado de comida para peces y la arrojó al agua, atrayendo a las carpas. Su mirada era serena.
—Nicolás cosechó lo que sembró, no es mi culpa.
Verónica dejó su celular y le hizo una seña a Ginés para que cambiara de tema.
Al fin y al cabo, Nicolás era el padre biológico de Amanda. Sus sentimientos debían ser complejos. Ellos no estaban en sus zapatos y no podían entenderlo del todo, así que era mejor evitar el tema.
De pronto, Ginés recordó algo.
—Por cierto, sobre lo que me pediste investigar de los diez años de Begoña en prisión... encontré algo, pero será mejor que te prepares mentalmente...

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ciega por tu Mentira