Ginés puso cara de sorpresa.
—Apenas te salvaste de milagro y ¿lo primero que haces al abrir los ojos es preocuparte por otro hombre?
Verónica intervino:
—Ay, no seas exagerado. Si te pide que averigües, ve y averigua. Menos cháchara.
Ginés hizo una mueca.
—Está bien, está bien. Ya voy, ahorita pregunto, ¿contentas?
Mientras Ginés salía a hacer la llamada, Verónica aprovechó para sentarse junto a Amanda, arqueando una ceja con expresión de chisme.
—Oye, Amanda, nunca te había visto tan preocupada por un hombre. Ni con David Ortega ni con Lucas te ponías así de nerviosa.
¿Estaba nerviosa?
Amanda ni siquiera se había dado cuenta.
Inventó una excusa cualquiera:
—Él me ayudó, es normal que pregunte cómo está.
Verónica lo meditó.
—Suena lógico, pero... hay algo que no me cuadra.
Se le quedó viendo fijamente, tanto que Amanda empezó a sentirse incómoda.
De repente, Verónica soltó:
—Amanda, no me digas que te enamoraste de Mauro.
Amanda lo negó al instante:
—Para nada, no inventes.
—¿Entonces por qué te pusiste roja?
—Es el calor.
—Parece más bien culpa.
—Necesitas lentes.
—No, aquí hay gato encerrado.
—Será tu imaginación.
...
Era un cuadro con un tono sombrío y siniestro; la gran cantidad de colores oscuros transmitía una sensación de opresión.
Al leer las palabras «Las Puertas del Infierno» escritas en la obra, Lucas se rio.
—Amanda, yo solo quería estar contigo para siempre, y tú solo querías verme muerto.
Cuando Lucas se enteró de que habían rescatado a la hija de Diego, tuvo la oportunidad de escapar. Si hubiera salido de Silvania, podría haber regresado después con más fuerza.
Pero no podía sacarse a Amanda de la cabeza. Ignorando las objeciones de Simón, quiso llevársela con él. Por eso pinchó las llantas del coche de Amanda y se hizo pasar por taxista para secuestrarla.
Sabía perfectamente que la policía lo estaba buscando por toda la ciudad y que el riesgo era enorme, pero no le importó. Tenía que irse con ella.
Bajo su mirada ardiente se escondía una frustración retorcida. Lucas dijo, marcando cada sílaba:
—Amanda, la única razón por la que perdí todo es porque te amé demasiado.
No se arrepentía. Si tuviera otra oportunidad, volvería a elegir llevársela con él.
Lucas tenía una sonrisa burlona en los labios. No temía a la muerte; lo único que lamentaba era no haber logrado que Amanda lo amara de nuevo.
Tras un momento de silencio, Amanda se levantó despacio.
Al mirar a ese hombre que alguna vez amó profundamente, sintió que el odio también se desvanecería con su sentencia.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ciega por tu Mentira