Amanda le acarició el rostro, tratando de calmarlo con nerviosismo.
—Mauro, respira hondo conmigo, relaja el cuerpo. Hugo vendrá a sacarnos pronto, no te va a pasar nada.
Mauro respiraba con dificultad. Alzó la vista temblando; se había mordido los labios hasta hacerlos sangrar y tenía los ojos inyectados en sangre, como una bestia a punto de atacar.
Hay que admitirlo, Amanda se asustó al verlo así.
Ese hombre, siempre impecable, elegante y poderoso ante sus ojos, ahora presentaba una imagen que escapaba totalmente a su comprensión.
Y Mauro captó esa reacción con total claridad.
Incluso en medio de la crisis, su conciencia seguía lúcida.
Su Amanda le tenía miedo.
Seguro que sentía repulsión al verlo así.
Mauro se giró bruscamente. No quería que Amanda lo viera en ese estado, pero el dolor físico lo estaba volviendo loco. Comenzó a golpear las paredes del ascensor sin control, y la sangre empezó a escurrir por las líneas de sus manos.
Gota a gota, el suelo se tiñó de rojo.
De repente, una fuerza obstinada tiró de él. La sangre de su frente le nublaba la vista, pero entre el velo rojo alcanzó a ver el rostro preocupado de Amanda.
—¡Mauro, reacciona!
—Mauro, ¿me escuchas?
—Mauro, mírame.
Amanda no paraba de hablar. Aunque él hubiera marcado distancia, ese hombre la había ayudado de verdad en el pasado; no podía quedarse de brazos cruzados.
Le sujetó los hombros con ambas manos y lo miró fijamente a esos ojos afilados.
—Mauro, resiste. Sobreviviste a un disparo aquella vez, esta vez también vas a... ¡Mmmph!
Amanda no pudo terminar la frase. Los labios de Mauro sellaron los suyos.
Fue un beso frío, con sabor a sangre, que la invadió con una fuerza dominante y agresiva.


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