Aventó sus prendas de diseñador casi nuevas a un lado, de pésimo humor. Justo cuando más coraje tenía atorado, se abrió la puerta.
Al ver a Román, soltó en tono seco:
—¿Qué haces aquí? Ya casi es hora de que entres a trabajar.
Román entró arrastrando los pies y con la cara larga. Se dejó caer en una silla y, tras una pausa, le reclamó:
—Mamá, ¿fuiste a pedirle dinero a la abuela hoy?
Elena sintió que la agarraban en curva y desvió la mirada.
—Soy su nuera, fui a visitarla, ¿eso tiene algo de malo?
La mirada de Román se endureció.
—Ah, ¿nada más la fuiste a visitar? ¿Me vas a decir que no fuiste a exprimirle dinero? ¡¿Me vas a negar que le hiciste hacer un coraje que la mandó al hospital?!
Elena peló los ojos, indignada, sin sentir ni una gota de culpa.
—Oye, oye, ¿qué es ese tono, Román? ¡A ver si me respetas, soy tu madre!
—Y precisamente porque eres mi mamá, te lo estoy diciendo por las buenas. Mamá, la abuela ya está grande, tú sabes que anda mal de salud. Si nosotros no podemos estar ahí para cuidarla, al menos no hay que ir a joderle la existencia.
A Elena le cayó el veinte, pero solo con la primera parte de la frase.
Si él se enteraba de que no era su madre biológica, ¿la iba a botar a la calle como si nada?
Frunció el ceño, muerta de miedo.
«Ni loca. Tengo que sacar todo el jugo que pueda antes de que este idiota me dé la espalda», pensó.
Cambió su tono a uno suplicante y maternal:
—Ay, Román, ¿tú crees que lo hago por gusto? Todo lo hago por ti y por Olivia. Tu hermana necesita contactos allá adentro, y tú ya estás en edad de formar una familia. A mí no me importa morirme de una enfermedad, lo único que me preocupa son ustedes dos. Solo por eso fui a pedirle ayuda a tu abuela, ¡jamás quise hacerla enojar!
Con esa actuación, a Román se le bajó el enojo.
Sentía que todo lo que ella hacía era por amor a él y a su hermana. Al final del día, él era el inútil que no ganaba lo suficiente para darle a su madre la vida que merecía, ni podía sacar a su hermana del hoyo.
De pronto se sintió super culpable y agachó la cabeza.
—Perdón, mamá. Es mi culpa que estemos pasando por esto. Pero te prometo que me voy a romper la madre trabajando para sacarte adelante.

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