Amanda palideció y sintió que el piso se le movía. Por puro instinto, se apoyó en la pared blanca del pasillo.
Después de tragar saliva, preguntó con un hilo de voz:
—¿Es muy riesgosa la cirugía?
El doctor asintió.
—Demasiado. Ninguno de los cirujanos de este hospital está capacitado para aventarse algo así. Si quiere reducir los riesgos, su mejor opción es conseguir al doctor Clemente Velasco. Aunque, por lo que sé, desde que se jubiló no ha vuelto a entrar a un quirófano. Pero no pierde nada con intentarlo.
Como Amanda no tenía idea de esas cosas médicas, sacó el celular y le marcó de inmediato a Verónica.
Le preguntó sobre Clemente, y por Verónica se enteró de que el doctor Velasco era toda una eminencia médica. Sin embargo, hacía cinco años, cuando su esposa enfermó de gravedad, había renunciado a todo para cuidarla de tiempo completo. En todo este tiempo, muchísima gente había intentado sacarlo del retiro, pero nadie lo había convencido.
Verónica creía que las posibilidades de que Clemente aceptara operar a su abuela eran prácticamente nulas.
Con el rostro ensombrecido, Amanda respondió:
—Aun así, tengo que hacer el intento.
Verónica suspiró al otro lado de la línea.
—Ya sabía que no te ibas a rendir. Déjame mover mis contactos a ver si consigo la dirección de Clemente. Ahorita te aviso.
—Sale —dijo Amanda.
Verónica se movió rapidísimo. En unos diez minutos, ya le había conseguido el domicilio de Clemente.
Al revisar el mensaje, Amanda frunció el ceño.
Clarosol.
¿Clemente vivía en Clarosol?
Amanda apretó los labios, pero sin dudarlo, compró un boleto de avión para Clarosol.
El vuelo salía esa misma noche. Amanda contrató un enfermero particular para Daniela y le pidió de favor a Begoña que echara ojo. Para cuando terminó con todo el papeleo, ya era media tarde.

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