Para ese momento, Mauro ya había perdido cualquier deseo de seguir hablando con él.
—Si no hay nada más, me voy.
Se marchó a paso firme.
Cuando Mauro por fin se fue, la mirada de Pablo se ensombreció profundamente.
Un momento después, Mateo entró en la habitación.
—Señor, el asunto con el muchacho ya está casi resuelto. ¿Cree que deberíamos buscar un buen momento para que regrese?
Pablo guardó silencio por unos segundos.
—A Mauro ya no le queda mucho tiempo —murmuró—. Es hora de traer al joven de vuelta.
Mateo, sin embargo, tenía sus dudas.
—Señor, me preocupa que Mauro no tolere su presencia. Si terminan odiándose, Joaquín Díaz estará al acecho y podría aprovechar la oportunidad para atacarnos.
Esa era exactamente la misma preocupación que no dejaba dormir a Pablo.
Mauro había encontrado pistas sobre él desde hacía mucho, pero se había negado a decirle nada. Y no solo eso, sino que casi hace que lo maten...
Con solo pensarlo, a Pablo le empezaba a doler la cabeza.
Ambos eran de su propia sangre, pero a Mauro le quedaba muy poco tiempo de vida. Si lo obligaban a elegir a uno, Pablo, sin duda, elegiría a su nieto.
El enorme imperio de la familia Díaz necesitaba un heredero.
—Ya sé cómo voy a manejar este asunto —sentenció Pablo.
***
Amanda llegó a la casa de Clemente. Era una propiedad que contaba con un pequeño patio trasero, donde crecían flores y algunas verduras de temporada. Al bajar del coche, vio a una mujer de mediana edad regando las plantas.
Poco después, un hombre salió de la casa, le quitó la regadera de las manos y la ayudó a sentarse para que descansara, dispuesto a terminar el trabajo por ella.
En una metrópolis tan bulliciosa, donde el amor desechable estaba a la orden del día, ver un afecto tan sencillo y a la vez tan inmenso era algo sumamente raro.


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