Olivia se quedó pasmada, con la mente en blanco.
¿Qué significaba «juego terminado»?
Edward no era hombre de andar con rodeos; se dio la vuelta dispuesto a marcharse.
Olivia corrió tras él, forzando una sonrisa en su rostro.
—Señor Smith, ¿qué quiere decir con eso? ¿A qué juego se refiere?
Edward se ajustó el sombrero, se acarició la barba y dijo con total seriedad:
—Ay, mira, te lo diré con la verdad por lo tonta que te ves. Hace dos días, mi alumna estrella por fin me aceptó como maestro. Ella me pidió que viniera hoy a gorronear una comida, y aquí estoy, obediente como soy.
¿Qué?
Olivia dudaba de sus propios oídos.
Edward era un gran artista en el mundo de la pintura, con un prestigio insuperable. Hacía tres años, después de más de una década sin aceptar pupilos, Edward anunció de repente que buscaría a su último discípulo, pero habían pasado tres años sin que eligiera a nadie.
Olivia pensó que simplemente nadie cumplía con sus estándares. Creía que el puesto era suyo, e incluso antes de recibir esa llamada, estaba convencida de que ser la discípula final de Edward era su destino indiscutible.
Olivia no podía aceptar este resultado.
—¿Me citó aquí solo para burlarse de mí? ¿Nunca tuvo la intención de aceptarme como alumna?
La actitud de Edward era famosa por ser excéntrica. Al ver el mal tono de Olivia, su actitud también se enfrió.
—Jah, ¿Crees que acepto a cualquier hijo de vecino? Señorita Zúñiga, no es por ser mala onda, pero su talento artístico no le llega ni a los talones al de mi alumna. Si no fuera porque ella me pidió que viniera a verla, ¿cree que yo habría querido venir?
Olivia estaba furiosa. Al ver esto, Lucas naturalmente salió en su defensa, bloqueando el paso de Edward de un salto.
—Señor Smith, si acepta a Olivia como su alumna, estoy dispuesto a darle cien millones de pesos para apoyar sus futuras exposiciones.
Edward miró a Lucas, escuchó y soltó una carcajada.
—Ay, señor Salinas. Yo amo el talento, no la plata de la que usted habla. No me importa si me da cien millones o todos sus activos; ni así me interesaría.
—Lucas, en este mundo solo tú eres bueno conmigo. Si no me hubiera casado con David, ¿crees que nosotros…?
No la dejó terminar. Lucas la interrumpió:
—Olivia, no existen los «hubiera». Me casé con Amanda y seré responsable de ella toda la vida. Además, está embarazada de mi hijo.
Ese era un hijo que le había costado mucho conseguir. Lucas valoraba a Olivia, es cierto, pero también esperaba con ansias a ese bebé desde el fondo de su corazón.
En un futuro cercano, sería papá. Al pensarlo, el corazón de Lucas se ablandó.
Pero esa no era la reacción que Olivia esperaba ver.
En su mente, Lucas debía ser un perro a su disposición por el resto de su vida. ¿Cómo era posible que ese perro comenzara a tener conciencia propia? Eso no podía ser.
Olivia no permitiría que algo así sucediera. La atención de todos, la preferencia de todos, debía ser solo para ella.
Su mirada se llenó de una oscuridad maliciosa. Todo era culpa de ese pequeño bastardo en la panza de Amanda. Maldita sea.

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