En un mostrador cercano, había un hombre de mediana edad con una mujer joven. Reconoció al instante al hombre: era Nicolás. Y la mujer en sus brazos... no hacía falta ser un genio para adivinar quién era.
En la memoria de Amanda, Nicolás siempre se vendía como el esposo perfecto y hombre de familia ante los demás.
Esa escena derrumbó por completo la imagen que Amanda tenía de él.
El supuesto buen marido y buen padre no era más que una fachada de un patán infiel.
Qué ironía.
Amanda se detuvo y dijo casualmente:
—Disculpa, primero quiero pasar al baño.
La vendedora le indicó amablemente:
—Claro, señorita. Al fondo a la derecha y luego a la izquierda.
Amanda caminó hacia la derecha, pero no fue al baño. Buscó un rincón discreto y sacó su celular para grabar a Nicolás y a la mujer.
La joven le hablaba a Nicolás con voz melosa:
—Mi amor, quiero esa caja de macarons, cómpramela, ¿sí?
Nicolás no sabía de esas cosas; para él todo era dulce y ya.
—Esa marca es carísima, cuesta lo mismo que una bolsa de marca. ¿Segura que quieres postre y no bolsa?
La mujer se molestó, le soltó la mano y puso cara de víctima.
—¿Crees que es para mí? Es el bebé quien tiene antojo. Si no quieres, no la compres, al fin que el que sufre es tu hijo.
Al ver el berrinche, Nicolás cedió de inmediato.
—Ay, mi vida, era broma, no te enojes. Sabes que te compro lo que quieras. Ya, no te enojes.
Nicolás le dijo a la vendedora con prepotencia:
—Deme todos los macarons que tengan en la tienda, me los llevo todos.
La mujer sonrió satisfecha.
—Así me gusta. Tú dijiste que, excepto el título de señora Zúñiga, me bajarías la luna y las estrellas si te las pidiera.
Ahora Nicolás no era un simple nuevo rico de barrio; tenía estatus social. Una familia estable era su mejor carta de presentación.


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