Al segundo siguiente, Amanda le soltó otra bofetada a traición.
Olivia se cubrió la cara, sus ojos echaban fuego.
—Amanda, maldita per…
Amanda la interrumpió antes de que pudiera terminar.
—Señora Zúñiga, es que Olivia me miró feo y me asustó. Fue un reflejo condicionado, no fue a propósito.
Elena tenía ganas de comérsela viva. ¿Cómo se atrevía Amanda a intimidar a su preciosa hija en su propia cara?
La cara de Elena se puso morada de la ira. En ese momento, escuchó a Amanda cambiar de tema:
—¿No estaba lista la cena? Vamos a comer.
El ambiente cambió de golpe. Elena y Olivia cruzaron miradas y ambas reprimieron su furia.
Especialmente Elena, quien forzó una sonrisa que consideró natural.
—Sí, sí, sí, primero cenemos. Podemos platicar mientras comemos.
Amanda les lanzó una mirada y se dirigió primero al comedor.
Detrás de ella, Olivia se cubría la mejilla golpeada, con la mirada llena de ferocidad.
—Mamá, me voy a vengar, te lo juro.
—Ya, ya —la consoló Elena—. Espera a que tengamos el video para chantajearla. Podrás destrozarle la cara a golpes y no se atreverá a resistirse.
Al llegar al comedor, Amanda no esperó a Elena y se sentó por su cuenta.
Cuando Elena llegó, le hizo una seña a la empleada doméstica y comenzó a organizar todo con entusiasmo.
—Amanda, prueba esto, a ver si es el sabor que te gustaba antes.
Frente a Amanda había un plato de robalo al vapor. Era un platillo que le había gustado desde niña, pero desde que Olivia regresó a la familia y dijo que odiaba el olor a pescado, Elena había ordenado a la cocina que nunca más se cocinara pescado.
Amanda aún recordaba que, solo porque Olivia dijo que ella olía a pescado, Elena mandó que la metieran a la piscina para «quitarle el olor», dejándola ahí un día y una noche enteros.
Era principios de invierno; el agua helada le calaba hasta los huesos. Su piel se arrugó y se lastimó por el agua. Si no hubiera sido porque le dio fiebre alta y se le inflamó la piel gravemente, quién sabe cuánto tiempo más la habrían dejado ahí.


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