La luz era tenue; la débil iluminación de las farolas apenas alcanzaba a revelar el color de sus ojos. Su nariz recta denotaba arrogancia y peligro.
Mauro estaba recargado en el asiento, con un traje impecable y sin una sola arruga, como un paisaje perfecto que emanaba un aire de nobleza.
Al ver que Amanda no reaccionaba, Mauro agregó:
—Señorita Solano, no tiene que ser cortés conmigo. La última vez usted me llevó, esta vez yo la llevo a usted. Es cortesía recíproca.
Amanda se quedó sin palabras.
Si mal no recordaba, la razón por la que Mauro le «cobró el favor» la vez pasada fue porque la cargó al coche. ¿Cómo es que hoy cambiaba el discurso?
Este hombre era más raro que un billete de tres pesos.
—Señor Díaz, no se moleste, es solo un aventón —dijo Amanda cortésmente.
Había personas a las que no se podía ofender, pero con las que había que mantener distancia. Mauro era una de esas.
Amanda comenzó a caminar hacia adelante. Mauro se le quedó viendo a la espalda y frunció el ceño levemente.
—Señorita Solano, ¿sabe que Lucas le ha echado el ojo recientemente al Muelle Fortuna en el puerto?
Amanda detuvo sus pasos en seco.
Ella monitoreaba todo lo relacionado con Lucas, pero no había escuchado nada sobre eso. Parecía que Mauro estaba mucho mejor informado que ella.
—Señorita Solano, ¿lo platicamos en el coche? —insistió Mauro
Esta vez Amanda no dudó; abrió la puerta y subió.
Sentada junto a esa estatua de hielo, Amanda se sentía un poco incómoda. Sin embargo, había algo de lo que estaba segura: este hombre no la lastimaría, al menos no por ahora.
Amanda habló primero para romper el silencio:
—¿De dónde sacó esa información el señor Díaz?
Mauro entrelazó las manos. El coche avanzaba lentamente y las luces de la calle proyectaban sombras intermitentes en su rostro. La miró.
—Tengo mis propios canales, naturalmente.
Amanda se sintió avergonzada. Traducido al español coloquial: no es tu asunto.
—Fue imprudente de mi parte preguntar —suspiró Amanda.
Mauro frunció ligeramente el ceño, pareciendo disgustado.
¿Habría pensado de más ella…?
—Hugo, sube la temperatura del aire acondicionado.
Hugo se sorprendió y miró por el retrovisor para confirmar.
—Jefe, ¿no es usted el que más sufre con el calor? Si sube la temperatura, usted se va a…
Mauro le lanzó una mirada afilada y su voz se tornó gélida.
—Si te digo que la subas, la subes. ¿Por qué tanta plática?
Bueno, pues a subirla entonces.
Quién le manda a su jefe ser un romántico empedernido.
Hugo no se atrevió a decir más y obedeció la orden.
Al ver esto, Amanda sintió una emoción extraña además de la sorpresa. El aroma en el saco le resultaba familiar.
Amanda miró a Mauro de reojo.
Él habló de repente, rompiendo la atmósfera sutil:
—Señorita Solano, soy muy quisquilloso con la limpieza. Lávelo bien antes de devolvérmelo.

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