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Ciega por tu Mentira romance Capítulo 9

Olivia miró hacia donde estaba Amanda; verla allí parada, tan sola y aislada, era un verdadero deleite para sus ojos.

Olivia soltó una risita burlona.

—Mamá, hermano, no se fijen solo en mí, Amanda todavía está ahí.

¿Amanda?

Lucas, que ya se había sentado, apenas se acordó de ella en ese momento.

Su mirada profunda se dirigió hacia ella y frunció el ceño. En la entrada no había prestado atención, pero ahora que la veía con claridad, su vestimenta de hoy lo hacía sentir… muy molesto.

Llevaba unos pantalones de mezclilla azul y una playera blanca de manga corta, lo más simple del mundo.

Esos vestidos que él le había comprado, ¿por qué no se los puso?

Ya habían tenido un desagradable encuentro en la puerta, y ahora, una chispa de irritación se encendió en el corazón de Lucas.

—Amanda, ven acá.

Amanda se quedó inmóvil en su lugar.

—¿Pasa algo?

¿Lo estaba desafiando?

En la memoria de Lucas, aunque Amanda no tenía una personalidad complaciente, siempre guardaba las apariencias a la perfección.

¿Qué mosca le había picado hoy?

Al ver que no tenía intención de acercarse, Román soltó un comentario sarcástico:

—Lucas, no le hagas caso. Está malcriada, ¿de verdad se cree la gran señorita de la familia Zúñiga? Debería ubicarse y verse en un espejo; no es más que la hija de una sirvienta, una gata igualada. Si no fuera por la familia Zúñiga, quién sabe en qué basurero estaría ahora.

¿Gata igualada?

Amanda apretó con fuerza el borde de su ropa, sintiendo una punzada repentina en el corazón.

Antes de que Olivia apareciera, Román era el hermano que más la consentía.

Amanda siempre había dependido mucho de él.

Cuando Román tenía diez años cayó al agua, y ella, con solo ocho, lo arrastró fuera del lago en pleno invierno. Román salvó su vida, pero Amanda enfermó gravemente y casi muere.

Todavía recordaba lo que el pequeño Román dijo entonces: «Yo, Román, juro que cuidaré de Amanda toda mi vida. Quien se atreva a molestar a mi hermanita, acabaré con toda su familia».

Ahora, ¿acaso su querido hermano recordaba aquella promesa?

Olivia estaba encantada por dentro, pero por fuera mostraba una inocencia angelical.

Amanda curvó los labios en una sonrisa de autodesprecio.

Llegó a una habitación en el piso de arriba y llamó suavemente a la puerta.

—Abuela, soy yo.

A través de la puerta, se escuchó la voz de la anciana Daniela Zúñiga:

—¡Es Amanda! Pásale, hija.

En la familia Zúñiga, solo Daniela la trataba con amabilidad.

Era raro que Amanda tuviera un momento de tanta relajación. Caminó a tientas hasta sentarse al borde de la cama.

—Abuela, ¿te sientes mejor? ¿Qué tal te funcionó el medicamento que te traje la última vez?

Daniela le tomó la mano con cariño.

—Me siento mucho mejor, últimamente no he tenido recaídas. De verdad, la medicina que me diste es mejor que la que recetan los doctores, aunque el frasco no tiene nombre. Amanda, ¿de dónde sacaste esto?

Esos medicamentos eran un tratamiento especial que Amanda le había pedido a Verónica Esquivel que desarrollara específicamente para Daniela; naturalmente, no tenían nombre ni fabricante.

Hablando de eso, para Verónica, como genio farmacológico, el mayor desafío de su carrera habían sido los ojos de Amanda. Había desarrollado muchos tratamientos para ella, pero en tres años completos no había habido ni el más mínimo resultado.

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