Amanda sostenía un vaso de jugo y miró a Verónica de arriba abajo.
—¿Estás pensando cambiar de profesión?
Ginés ya le había contado todo, así que Amanda sabía el verdadero propósito de la fiesta.
Verónica soltó una risita nerviosa.
—Ay, es por tu bien. Además, el amor es como una vitamina para las mujeres; puedes no casarte, pero no puedes dejar de tener romance. Puedes no tener marido, pero no puedes estar sin un hombre.
—Ja, ja. Qué graciosa —respondió Amanda sarcástica.
Verónica se colgó de su brazo, haciendo pucheros.
—En serio, tu mejor amiga no te mentiría. Dime, ¿hubo alguno que te acelerara el corazón?
Amanda negó sin dudarlo.
—Puro desperdicio.
Verónica murmuró para sí misma:
—Qué raro, no puede ser que todos sean desperdicio. Mira a tu derecha, por Dios, ese es guapísimo, nivel modelo internacional. Aunque... a ese guapo no lo conozco. Qué extraño.
Amanda miró con curiosidad hacia donde señalaba Verónica y vio un rostro atractivo y familiar.
Mauro.
Sus pupilas se dilataron con un leve pánico y empezó a toser violentamente.
—¿Qué pasó? ¿Te ahogaste? —se preocupó Verónica.
Verónica le pasó una servilleta. Amanda retiró la mirada apresuradamente, con la cara sonrojada, sin saber si era por la tos o por algo más.
—Amanda, el guapo te está mirando.
Amanda lo ignoró, pero sus movimientos eran claramente menos serenos de lo habitual.
—Me di cuenta de que hoy hablas más de la cuenta.
Se levantó de golpe.
—Voy a la sala de descanso un rato.
Descansar era cierto, pero huir del ruido también.



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