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CONQUISTANDO A MI EXESPOSA SECRETA romance Capítulo 147

C147- LOS EXTRAÑO.

El ruido del sistema de ventilación se perdía mientras Gianna seguía acostada, con el resorte del colchón clavado en la costilla y ese olor desagradable que ya formaba parte de su día a día. Llevaba un mes despertando igual, y aun así prefería no abrir los ojos. No sabía qué era peor, si sus pesadillas o su nueva realidad.

Su mente la llevó a ese día, hace exactamente un mes...

Salió del hotel de Alejandra con lágrimas en los ojos y el corazón roto. Se sentía una tonta por confiar en una mujer cruel que creyó amiga, y no ayudaba que las palabras de Grayson le retumbaban en la cabeza, recordándole que había herido a las personas que más quería.

Caminó sin rumbo por Londres mientras la lluvia le empapaba la ropa. No tenía casa, ni dinero suficiente para volver a Estados Unidos, ni cara para ver a su hermano, no después de lo que había hecho.

Se dejó caer en un banco de una plaza y abrazó sus rodillas, llorando sin poder contenerse; había arruinado todo. Pero de pronto, alguien se sentó a su lado.

—¿Estás bien, cielo? —preguntó una mujer de unos cincuenta años, con una voz cálida.

Gianna la miró, y por un segundo le recordó a su madre; todo empeoró.

—Yo… —murmuró.

La mujer le pasó un pañuelo.

—No digas que estás bien, se nota que has llorado.

—¿Alguna vez ha hecho algo que la avergüence y que haya lastimado a alguien importante… y luego no puede mirarlo a la cara? —preguntó bajando la vista.

La mujer suspiró.

—Sea lo que sea, tiene solución, cielo. Solo tienes que pedir perdón.

—No creo que mi hermano me perdone… —Gianna negó, mientras sus ojos se llenaban otra vez de lágrimas.

Entonces la mujer la abrazó sin dudar.

—Llora, cielo, llora si lo necesitas.

Gianna se desahogó hasta quedarse sin fuerzas, hasta que la mujer la apartó y secó una lágrima.

—Ya es tarde, deberías volver a casa.

—No puedo… Ellos no me recibirán.

—¿Por qué no? Son tu familia, claro que lo harán.

Gianna negó nuevamente y apretó los ojos.

—No lo harán, yo... los lastimé.

—Entonces... ¿Quieres ir a mi casa? Vivo sola; mi hijo está en Manchester. Te puedes quedar hasta que estés lista para volver.

Gianna dudó, pero al mirar a su alrededor supo que no tenía otra opción. Así que asintió despacio y una mujer sonrió, tendiéndole la mano.

—Vamos a casa, cielo.

Gianna negó con fuerza y, sin pensarlo, se dio la vuelta y corrió hacia la puerta. Intentó abrirla, pero estaba cerrada con llave y empezó a golpearla con desesperación.

—¡Déjenme ir! ¡Auxilio! ¡Auxilio!

El tirón en su cabello fue brutal, obligándola a retroceder.

—Cierra la boca, perra… —La voz de la mujer ahora era fría y venenosa—. Nadie va a ayudarte, nadie va a venir. Porque no tengo vecinos… estas casas están solas.

Las lágrimas de Gianna nublaron su visión.

—No, por favor… se lo ruego… déjeme ir… déjeme ir…

Un pinchazo en el cuello la paralizó y el mundo comenzó a desvanecerse y, mientras sus párpados caían, lo último que vio fue el techo y el ventilador girando lentamente.

—Por favor… déjeme ir… —susurró, antes de que todo se volviera negro.

Gianna abrió los ojos de golpe, su respiración le temblaba y el recuerdo seguía fresco, como si hubiera ocurrido hace un segundo. Para ella no era una pesadilla, solo miedo… También era por el dolor de saber que, en el fondo, lo que más había querido era volver a casa, abrazar a su madre, mirar a su hermano y decirles que lo sentía, aunque fuera una última vez.

Se incorporó lentamente.

Y su cabello, antes cuidado y brillante, ahora estaba inmundo, enredado, pegado en mechones ásperos a sus mejillas. La piel que solía estar suave estaba marcada con moretones dispersos, como testigos mudos de lo que había soportado, y sus ojos, antes llenos de luz y determinación, ahora parecían vacíos, como si el brillo hubiera sido arrancado.

El peso de todo se le vino encima y un sollozo se escapó de sus labios y abrazó sus rodillas hundiendo la cabeza entre ellas.

—Los extraño… —susurró—. Los extraño tanto, mamá… Grayson…

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