C3-TE QUEDARÁS CONMIGO.
Santiago se acercó a su padre sin apartar la mirada de Katerina, quien apenas respiraba, todavía en shock, con el cuerpo de Leo a unos metros, inerte.
—Llévensela —ordenó Santiago—. La quiero en el avión en veinte minutos.
Katerina intentó hablar, pero la garganta no le respondió. Dos hombres la sujetaron por los brazos y la arrastraron fuera del salón mientras su mente se llenaba del eco del disparo; solo alcanzó a mirar una última vez el piso manchado de rojo antes de que la puerta se cerrara detrás de ella.
Horas después, el suelo vibraba con un zumbido constante y el aire olía a perfume caro y cuero. No entendió de inmediato dónde estaba hasta que oyó el rugido de los motores: estaba en un avión.
La habitación en la que se encontraba era un compartimento privado, más lujoso que cualquier suite en la que hubiera dormido. A su alrededor, tres mujeres trabajaban sin mirarla, sin decir palabra. Una la bañó con movimientos mecánicos, otra le depiló las piernas mientras la tercera preparaba un vestido sobre una cama blanca.
Nadie hablaba. Nadie preguntaba nada.
Y, en medio de ese silencio opresivo, Katerina no se resistió. No tenía fuerzas. Su mente solo repetía la misma escena: Leo cayendo al suelo, su sangre escurriendo entre las alfombras. Cerraba los ojos y lo veía una y otra vez, como si estuviera atrapada en un bucle del que no podía escapar.
Cuando le secaron el cabello y comenzaron a maquillarla, las lágrimas le ardieron, pero las contuvo. No quería darles ese poder. Miró su reflejo en el espejo ovalado frente a ella y apenas se reconoció.
En ese momento, se odió por aceptar ese viaje, por ignorar las señales, por justificar a Leo una y otra vez.
«Mi vida es una cadena de malditos errores», pensó con un nudo en la garganta.
Las mujeres terminaron de vestirla casi como si la estuvieran preparando para una ceremonia.
Entonces, la puerta se abrió y Santiago entró vistiendo una camisa negra y el mismo aire arrogante que su padre, pero en su mirada había algo distinto, algo más calculador. Katerina se tensó al instante, apretando las manos contra sus rodillas.
—Largo —dijo él, sin apartar la vista de ella.
Las mujeres bajaron la cabeza y salieron sin una palabra. En cuanto la puerta se cerró, él dio unos pasos hacia ella. La observó despacio, deteniéndose en cada detalle: su piel blanca, el cuello largo, el brillo tembloroso de su mirada y el inicio de sus senos asomando bajo la seda de su vestido.
Luego, sonrió como si algo lo divirtiera.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: CONQUISTANDO A MI EXESPOSA SECRETA
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